viernes, 2 de enero de 2015

CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS


CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS

Al final del año es el momento ideal para la acción de gracias, para agradecer a Dios, nuestro Padre, cuanto hemos recibido, ya que todo don procede de Él. La gratitud a Dios y a los hermanos es la nobleza más profunda del ser humano. Quien no es agradecido, es como si una parte de su existencia quedase muerta, sin vida. El agradecimiento y la alegría van unidos; porque una persona agradecida es alegre.

¡Tenemos tanto que agradecer a Dios! Pararnos un momento, en el transcurso del año, es esencial; una necesidad interior; para desde el silencio orante hacer memoria, de los dones, gracias y bendiciones recibidas. Y por todo ello queremos simplemente decir: ¡gracias, Padre!

Gracias por el don de la vida, el don del bautismo, el cual nos otorga la gracia de ser hijos de Dios, miembros de su Iglesia y hermanos de todos los hombres. Gracias por el don de la fe, sin la cual la vida carece de sentido; porque todo es diferente vivido desde la fe. A la fe se une la esperanza y el amor, los tres “pilares” que dan consistencia, seguridad y estabilidad a nuestra vida cristiana. Cuando alguno de estos “pilares” falta, nuestra vida se tambalea y se desestabiliza, porque le falta el verdadero cimiento que es la vida teologal. Gracias al Espíritu que en el bautismo nos infunde estas tres virtudes.

Gracias por el don de la familia, la primera escuela y maestra que nos va educando en los valores humanos y cristianos; enseñándonos a caminar en la vida, desde el amor, la responsabilidad, el respeto, la tolerancia y la libertad.

Gracias por el don de la amistad, por las personas que a lo largo y ancho de nuestro camino, se van entrecruzando en nuestra vida; personas tan distintas, unas de otras; pero todas maravillosas; las cuales nos ayudan a caminar con ilusión renovada y gozo en el corazón. La primera y principal amistad es la de Jesús: “el nos llama amigos, y nos ofrece sinceramente su amistad; y de esta amistad con Jesús parten todas las demás amistades.

¡Y cómo no agradecer al Padre el don de su propio Hijo, el cual nos ha revelado la ternura y el amor del Padre! Y al Hijo, Jesús, que se ha entregado por amor, para salvarnos y llevarnos al Padre; ¡cómo no estar eternamente agradecidos por su don total al plan de Dios para hacernos hijos de Dios y llamarnos amigos; invitándonos a vivir en relación de intimidad con la Trinidad!
María, la madre de Jesús y nuestra madre, cantó su magníficat, su acción de gracias por las maravillas que Dios hizo en ella y con ella. Con María atrévete, tú también, a cantar las maravillas que Dios ha hecho en tu vida, nadie como tú lo sabe. Sé sencillo, humilde y pequeño y reconoce los dones y gracias que Dios te ha dado y canta tu propio magníficat, tu acción de gracias.

Vivir la acción de gracias al Padre en el Hijo por el Espíritu, significa vivir la vida en plenitud. Salir de tu pequeño mundo, para abrazar con ternura la humanidad toda entera, así como nosotros somos abrazados por la Santísima Trinidad.

Dios, y Padre de todos los hombres, al terminar este año 2014 queremos decirte Gracias: gracias por lo que somos y por lo que estamos llamados a ser, por cuantos dones nos has dado; gracias también por todo cuanto nos ha hecho gozar y sufrir; por aquello que no hemos comprendido y que queda envuelto en el misterio. También nos atrevemos a darte gracias por nuestras faltas, errores, omisiones y debilidades; ellas nos muestran que estamos en camino, que somos humanos y seres imperfectos, necesitados de tu salvación. Gracias, Padre, de ternura y bondad.


Sor Carmen Herrero Martínez

domingo, 30 de noviembre de 2014

ANUNCIO DE ADVIENTO

ANUNCIO  DE  ADVIENTO 2014

Os anuncio una buena noticia: el Adviento va a comenzar.
Alzad la vista, restregaos los ojos, despertad, otead el horizonte, porque Dios viene.Daos cuenta del momento. Avivad el oído para escuchar los susurros, los gritos, el anuncio de la Vida que va nacer.En el seno de María, crece el germen de un mundo nuevo: el Hijo del Dios encarnado, el Emmanuel, el Dios-con nosotros.Con el Adviento, amanece la esperanza en el horizonte, en el corazón de todo creyente; porque de los cielos llueve el rocío de la justicia, de la paz y del amor: Dios se ha encarnado en una doncella, hija de Israel, a la que todas las generaciones llamarán “Bienaventurada” porque ha creído en el anuncio del ángel.
Al fondo, se percibe ya la Navidad: una Navidad gozosa, íntima, fraterna, serenada, pacífica y solidaria.
Para algunos también será una Navidad superficial, triste, desgarrada, incluso violenta, pero siempre “esposada”, unida a la esperanza. La esperanza, esa “niña” que habita en lo más profundo del ser humano, es la que nos mantiene firmes ante la espera de que un mundo mejor es posible.El Adviento, es llama de esperanza, llama ardiente que atraviesa el espesor de los tiempos y de las tinieblas. Llama que alumbra el camino del peregrino vacilante, perdido en la encrucijada de los caminos y del tiempo.Adviento, un camino solidario que da la mano al extraviado y al cansado; abraza al solitario y abandonado; consuela al triste, visita al enfermo, al extranjero y al encarcelado; da pan al hambriento y agua al sediento.Adviento se “esposa”, se une con la Humanidad sedienta de verdad, de justicia, de paz y fraternidad.Adviento, contenido de gozosa y Buena Nueva: ¡María está en cinta! una gestación de ternura y esperanza le acompaña. ¡Dios visita a su pueblo! Dios se hace uno de nosotros, para hacernos semejantes a Él. Estad alegres, os lo suplico, estad alegres, el Señor viene y planta su tienda entre nosotros dándonos el poder de ser hijos de Dios.
Isaías grita lleno de esperanza: “Caminemos a la luz del Señor. Preparad los caminos del Señor, para que todo el mundo contemple la salvación de Dios” (Is. 40, 3).Con la esperanza de todos los pobres de Yahvé y los pobres de todos los tiempos, pronuncia María su Fiat: “Hágase en mí según tu palabra” Lc 1,38). Y el Verbo se encarnó y habitó entre nosotros, colmando todo anhelo de libertad y salvación.Alegraos, saltad de júbilo, poneos vuestro traje de fiesta, perfumaos con perfumes exquisitos de buenas obras, para recibir a vuestro Dios que viene.
Avivad la alegría, el júbilo y la fiesta. ¡Preparad el camino! Ya llega nuestro Salvador, nuestro Dios. “Él está a la puerta y llama, si le abres, él se sentará a la mesa y cenara contigo”          (Ap. 3,20).¡Ora, contempla, acoger la Vida! Y con ella, celebra la Navidad, la fraternidad solidaría.


ENTONCES,  SERÁ  NAVIDAD


Sor Carmen Herrero

domingo, 11 de mayo de 2014

DÍA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES



IV. Domingo de Pascua. Domingo del Buen Pastor 11/05/2014

En este cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Es un día para tomar conciencia de la riqueza que supone para la Iglesia y la sociedad, los distintos carismas que, en todo tiempo, Dios suscita. Por ello lo primero que tenemos que hacer es agradecer a Dios, por tantos hombres y mujeres como consagran su vida a Dios, al servicio humano y al crecimiento en la fe de los hermanos. Orar por las vocaciones implica orar por la perseverancia de las personas que ya han hecho una elección de vida para que perseveren y, a su vez, sean testigo y atracción para que otros jóvenes respondan a la llamada. Pues los jóvenes necesitan modelos, y si los consagrados/as no son hombres y mujeres convencidos, viviendo su vocación con generosidad y alegría, dedicados a Dios y a los hermanos, no habrá nuevas vocaciones. De aquí la necesidad de la oración de la comunidad cristiana para que los sacerdotes, religiosos y religiosas atraigan a los jóvenes a optar por el seguimiento de Cristo.

Otro punto importante, es la educación en la fe en el seno de las familias. Todos sabemos la crisis que la familia está viviendo debido a diversas causas: familias desestructuradas, desunidas, divorciadas, con lo que esto implica, sobre todo, para los hijos. Condiciones de trabajo que no favorecen una vida de familia sana y practicante en la fe; problemas económicos, y por último la disminución de la natalidad. Nuestro país, es uno de los países de Europa de más baja natalidad. Pero, en medio de este panorama, -que tiene sus consecuencias- creo que la causa más importante y, tal vez, la raíz de la falta de vocaciones es que la mayoría de los hombres y mujeres viven, de espaldas a Dios. A Dios lo hemos sacado de nuestra vida, de nuestras familias y de la sociedad. Entonces, ¿cómo pueden surgir vocaciones religiosas y sacerdotales? De aquí la toma de conciencia, en las familias cristianas, de educar a los hijos en la fe y de estar abiertas a recibir el don de la vocación para sus hijos. Porque la vocación es un don por parte de Dios, una gracia, no solamente para la persona elegida, sino para toda la familia, la Iglesia y la humanidad.

Los catequistas también tienen la misión de hablar a los niños de las diferentes vocaciones que hay dentro de la iglesia y, sobre todo, de infundirles en ese trato amoroso con Jesús, a través de la oración; porque las vocaciones nacen de ese “enamoramiento” de Jesús. Cuando dejamos que Cristo entre y reine en nuestra vida, todo cambia. Ahora bien, si los catequistas no tienen esa vida de oración e intimidad con el Señor, mal podrán comunicarla, pues como dice el refrán: “nadie puede dar lo que no tiene”. Por esto es muy importante que los catequistas sean hombres y mujeres de fe y de vida interior. Porque no basta transmitir a los niños la doctrina, que es muy necesario, pero, ante todo, han de transmitirles la vivencia; porque es esta vivencia la que más marcará interiormente a los niños.

Los textos de la liturgia de hoy son muy sugerentes para este día de oración por las vocaciones. Ese salmo tan bonito: “El Señor es mi Pastor” (Sal 22), que todos deberíamos saberlo de memoria y orarlo con frecuencia, unido al evangelio de Juan con esa parábola tan entrañable y sugerente del buen pastor. Cristo es el Buen Pastor y nuestra Puerta para entrar en el redil, en su intimidad; en ese cielo que nos espera y que de alguna manera ya lo vivimos aquí en la tierra, cuando vivimos la fe y la intimidad con el Señor.
Los cristianos necesitamos vivir una experiencia viva con Jesús. No basta con ser cristianos “domingueros”, con cumplir con el mandato dominical, con unos ritos y unas normas. No, ser cristiano es ser discípulos de Cristo, él tiene que ser el centro de nuestra vida. Y desde él y con El darle un sentido nuevo a nuestro ser y hacer. Hemos de dar el salto entre una fe rutinaria, cerebral y cultural, a una fe viva y vivencial. Vivir en intimidad con Jesús, dentro de nosotros mismos, es la gracia más grande que podemos vivir ya aquí en la tierra. Seamos, pues, hombres y mujeres de oración, porque es la oración la que nos hace tener esa intimidad amorosa con Jesús y ser sus testigos

JESÚS ES LA PUERTA. Puerta abierta que se expresa de una manera extraordinaria en la cruz. Su costado abierto por una lanza para acoger a toda la humanidad y presentársela al Padre. En la cruz Cristo nos expresó el amor más intenso, sublime y extremo que nadie puede darnos. Todos sabemos lo que significa una puerta cerrada o abierta. Jesús es la Puerta siempre abierta, para acogernos e invitarnos a vivir en su intimidad. Descubrir desde la fe y el amor que Jesús es la Puerta que nos conduce a la casa materna y paterna, al seno de la Trinidad, de dónde venimos a dónde vamos. Jesús es la puerta de la nueva Jerusalén, del Cielo que nos espera. La puerta de la misericordia, de la bondad y del perdón. Confiemos en El y pasemos sin miedo por esta puerta maravillosa y adentrémonos en los secretos del corazón de Cristo. Porque Cristo, no solamente es la puerta, sino también el banquete: Él se nos da por entero en la eucaristía.

Sabemos que aunque la puerta esté abierta se necesita un mínimo de esfuerzo personal para pasar el umbral. Ahí está el problema. Porque son muchas las personas que no quieren pasar por esa puerta que es la que nos da acceso “al redil”, a ser y vivir como verdaderos hijos de Dios. “Porque nadie puede ir al Padre si no es por Jesucristo” (Jn 14, 6). Entrar en el “redil” de Cristo, en su Iglesia, significa tomarse en serio el evangelio y llevarlo a la vida. Y como decíamos antes, no basta con ir a misa los domingos; porque ser cristiano conlleva un compromiso radical, cada uno según su propia vocación. Antes hemos hablado de las vocaciones sacerdotales y religiosas; pero no olviden que los laicos tienen un puesto muy importante en la comunidad cristiana, y también son “vocacionados” a vivir el evangelio y llevarlo allí donde los sacerdotes y religiosos/as no podemos llegar: empezando por la familia, en el mundo laboral, cultural, político y todas las realidades temporales que han de ser evangelizas, cristianizadas especialmente por los laicos. Sacerdotes, religiosos y laicos hemos de trabajar juntos y unidos por la construcción de un “Redil”, de una Iglesia donde la puerta es Cristo, donde no permitamos que reinen los lobos feroces que devoren el rebaño; sino que cada uno pueda encontrarse a gusto, formando parte de la comunidad fraterna y eclesial: la comunidad parroquial, y a la comunidad de la Iglesia universal.

Quiera el Espíritu Santo ayudarnos a todos a profundizar cada vez más en el conocimiento del Buen Pastor y seguirle, cada uno desde nuestra propia vocación, con fidelidad y entusiasmo.


Hna Carmen Herrero Martínez

viernes, 4 de abril de 2014

CURACIÓN DEL CIEGO DE NACIMIENTO

 Domingo cuarto de Cuaresma (Jn 9, 1-41) (A)


El relato del Evangelio de Juan habla de la curación del ciego de nacimiento. En aquel entonces se creía que las enfermedades eran un castigo de Dios, consecuencia del pecado. Por esto los discípulos le pregunta a Jesús: “Maestro, ¿quién peco, él o sus padres, para que naciese ciego? Jesús les contesto: “Ni él ni sus padres tienen culpa alguna”. La ceguera física no es causa del pecado, ni de ninguna otra enfermedad. Y esto hemos de tenerlo presente porque, todavía hoy, se oye decir: ¿“pero qué he hecho para que el Señor me castigue con esta enfermedad”? No, el Señor no nos envía las enfermedades para castigarnos, la enfermedad, sea de la clase que sea, tiene otro origen. El amor del Padre a sus hijos es tan grande que los castigos son incompatibles con él, Dios es Amor y el amor no puede castigar. Si no pensamos así, quiere decir que no hemos comprendido la filiación divina, el amor del Padre para sus hijos.


Sin embargo, se da una ceguera del alma -que esa sí que es fruto de nuestros pecados-, y de esta ceguera es de la que Jesús quiere librarnos, curarnos. Jesús es la Luz del mundo, Él es el resplandor del Padre (Hb 1,3). Y él ha venido para alumbrar nuestras tinieblas que nos impiden vivir en la verdad, en la luz del evangelio, en la luz de Dios. La curación del ciego de nacimiento es un hecho, a través del cual Jesús nos manifiesta que él ha venido a librarnos de la ceguera del pecado. A traernos la luz que ilumina nuestra conciencia y nos salva.

Vemos la actitud de los fariseos frente al milagro que Jesús ha realizado de darle la vista al ciego de nacimiento, una actitud cerrada a la verdad, porque ellos se creen poseedores de la verdad absoluta. Por eso Jesús les dirá: “si estuviereis ciegos, no tendrías pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”. La postura de los fariseos puede ser también la nuestra: vamos a misa los domingos, practicamos ciertas oraciones y algunas obras de caridad, y por ello creemos que vivimos en la verdad y en la luz. Todo esto, que es bueno, no basta; lo importante es estar abiertos a la Palabra, al mensaje del evangelio que nos va iluminando, interpelando y llevando a la conversión, porque la conversión no es otra cosa que dejar las tinieblas del pecado para convertirnos a la luz del evangelio y revestirnos del hombre nuevo a imagen de Cristo.

El ciego de nacimiento recobró la vista física; pero, ante todo, recobro la luz de la fe, esta fe que le lleva a confesar que Jesús es un profeta, el Hijo del hombre, ante quien se prosterna. Esta tiene que ser nuestra fe: confesar que Jesús es el hijo de Dios, el único que nos salva y que nos transmite la luz que viene del Padre. Estas verdades que las recitamos en el Credo, las tenemos que hacer vida, y no conformarnos únicamente con saberlas de memoria y recitarlas en la eucaristía los domingos. De poco nos sirve recitarlas, si luego no las llevamos a la vida diaria, a nuestra relación con Dios y con los demás.

Este evangelio nos invita a vivir en la luz, en la verdad. Creo que todos hemos vivido momentos de oscuridad y de tinieblas en nuestra vida, y por ello sabemos lo triste que es la noche y lo penosas que son las tinieblas. Estas dos semanas que nos quedan de Cuaresma, tiempo de gracia y conversión, salgamos de las tinieblas del pecado para caminar en la luz que nos lleva a la Pascua de Cristo y a nuestra propia pascua.

También quiero destacar la actitud de docilidad del ciego: él se deja hacer por Jesús. El ciego nada le había pedido, él estaba al borde del camino pidiendo limosna, y Jesús toma la iniciativa de curarle; “le untó los ojos con el barro que hizo”, pero el ciego se deja hacer sin poner ninguna resistencia, y se abre plenamente a la acción de Dios en su vida, a la gracia. “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Es una orden de Jesús a la que el ciego obedece con prontitud: “fue, se lavó, y volvió con vista”. ¡La gracia de la obediencia! Virtud tan poco valorada en nuestros días y, sin embargo, tan evangélica y necesaria en el camino de la fe. El primer hombre fue creado resplandeciente, y se encontró ciego cuando hizo caso a la serpiente: la desobediencia lo llevo a la ceguera. El ciego de nacimiento se puso en condiciones de renacer, de ver cuando obedeció.

Esta actitud del ciego debe ayudarnos a fiarnos de Dios y confiar en Él. Porque Dios tiene su proyecto para cada uno de sus hijos; pero nosotros, con frecuencia, nos oponemos a su acción como se opusieron los fariseos, y en este caso, Jesús no puede abrirnos los ojos para que veamos y contemplemos la Luz que es Él mismo. Jesús miró al ciego desde el amor, porque Él es amor. Jesús solamente piensa en rescatar al ciego de aquella vida de mendigo miserable, despreciado por todos como un pecador. Hoy también, nos sigue mirando a ti y a mí con amor y quiere conducirnos a la Luz, a la plenitud de su visión. Jesús quiere sacarnos del poder del pecado y de la esclavitud, para llevarnos a la libertad de Hijos, a la visión del Padre.

En este milagro del ciego hay un paralelismo con la creación. Dice San Fulgencio: “Dios que creó el globo terrestre, ahora abrió los globos de los ojos del ciego… El alfarero que nos hizo (cf. Gn 2, 6; Is 64, 7) vio estos ojos vacíos; los tocó mezclando su saliva con tierra y aplicando este lodo, formó los ojos del ciego… El hombre está formado por arcilla, la pomada de lodo…; la materia que primero había servido para formar los ojos luego los curó”[1].

La palabra de Dios la tenemos que actualizar, no podemos recordar lo que Jesús hizo en su tiempo histórico, y ver los acontecimientos como algo que a mí no me concierne, como hechos del pasado. No, Jesús continúa su misión aquí y ahora queriendo curarnos de todas las enfermedades que nos llevan a la ceguera del alma, del espíritu, empañando nuestra conciencia para impedirnos vivir en la luz. Hemos de actualizar la Palabra y recibirla como dicen los Padres: “como una carta que Dios te dirige a ti en este día”.

Señor, que esta Cuaresma sea para todos los cristianos, un tiempo de gracia que nos ayude a vivir en la luz y la verdad; y que con nuestras obras confesemos que Cristo es la Luz del mundo que cura toda ceguera humana y espiritual.
Sor Carmen Herrero Martínez





[1] Una homilía escrita en África del Norte siglo V-VI atribuida a San Fulgencio (467-532) PL 65, 880

miércoles, 18 de diciembre de 2013

ADVIENTO: TIEMPO DE ESPERA Y ESPERANZA


                                                                                                      


ADVIENTO: TIEMPO DE ESPERA 
Y ESPERANZA

                            


 Adviento = Advenimiento = Esperanza. La palabra Adviento viene del latín y, como saben, quiere decir LLEGADA SOLEMNE, VENIDA; pero una venida importante, por eso tenemos que prepararnos con desvelo para acoger al que viene, es decir, a Jesús hecho hombre, al Emmanuel. El Adviento es como un camino que vamos recorriendo, a través de las cuatro semanas litúrgicas, que anteceden al 24 de diciembre, acompañados por las lecturas bíblicas que la Iglesia nos propone; las cuales nos guían por este camino de espera y esperanza que nos lleva a Belén. Allí es donde acaece el mayor acontecimiento de la Historia: El nacimiento del Hijo de Dios, el Emmanuel. “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer” (Gal, 4,4). San Juan con una gran profundidad escribe: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron y tocaron nuestras manos, acerca de la Palabra de vida,-pues la Vida se manifestó, y nosotros lo hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó-. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos” (I Jn 1,1-3).Y Benedicto XVI dice: “El acontecimiento central de nuestra fe es que Dios-Amor ama tanto al mundo (a nuestro mundo) que le ha enviado a su Hijo… Jesucristo, este Niño Jesús que nos nace, es el Amor de Dios encarnado)[1].

               Ante la inmensidad del amor de Dios hecho hombre, el Adviento deberíamos vivirlo desde la contemplación y la acción de gracias al Padre; porque Jesús se hace uno de nosotros, en todo, excepto en el pecado, él nos trae la salvación de parte del Padre. La encarnación del Verbo es el gran regalo del Padre que se nos da en su propio Hijo, para que en el Hijo, también nosotros seamos hijos por adopción y coherederos con Cristo. (cf Rm 8, 14ss) El misterio de la encarnación, es tan inmenso que sobrepasa toda capacidad humana. Solamente, desde la fe, el amor y la adoración se puede “entrever”.

               Celebrar el Adviento significa estar convencido de la encarnación de Dios. Dios se hace Hombre, y esto lo creo firmemente. Esta misma fe me lleva a creer que Dios también se encarna en mi vida, y en la historia. El hecho histórico de la encarnación de Dios, se realizo en el pasado, en el ayer; pero en el hoy, y en el ahora, Dios se sigue encarnando, y si no vivo esta “encarnación”, no he comprendido lo que significa vivir el Adviento. El adviento tiene que ser un encuentro personal con Dios encarnado. Si así vivo el Adviento, la Navidad la celebraré en toda su profundidad y plenitud.

                              ESPERA Y ESPERANZA

               La significación más importante del Aviento es la espera de la venida del Hijo de Dios. Por esto el Adviento es tiempo de espera y esperanza confiada en Aquel que viene. ¡El Señor que llega, pero todavía no! Hemos de esperar a su venida hasta el día de Navidad. ¡Él es nuestra esperanza! San Pablo nos dice: “Pongamos nuestra esperanza en el Dios vivo”  (1Tm 4, 10). El Adviento, ¡es un canto maravilloso de esperanza! Pero tal vez, primero, tengamos que preguntarnos: ¿qué es la esperanza para mí? y ¿qué es lo que espero? Y ¿a quién espero?
 
               Digamos que la esperanza es algo constitutivo al ser humano, porque sin ella la vida es muy difícil; además, sin esperanza dejaríamos de ser persona. En todo ser humano, por muy dolorosa y difícil que la vida sea, siempre se tiene un rayo de esperanza en que “mañana será mejor”. La persona necesita constantemente tener un hálito de esperanza, que le anime en su vivir y lucha diaria, para caminar hacia un futuro mejor y más esperanzador. En el ser humano, la esperanza está inscrita en lo más profundo de sus entrañas. Si nos remontamos a los tiempos bíblicos, vemos cómo nuestros Padres en la fe, creyeron, contra toda esperanza, en la Promesa de la Alianza. ¡Grande era su fe! Por esto, se han convertido, para nosotros, en nuestros Padres en la fe, en testigos de la espera y esperanza de Aquel que va a venir, el Mesías, el esperado de los tiempos. Ellos no alcanzaron a ver lo que nosotros hemos visto y tocado: El Verbo hecho carne, el esperado de los pueblo y anunciado por los Profetas. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

               La espera y la esperanza van unidas. Yo espero porque tengo esperanza y tengo esperanza porque soy capaz de seguir esperando. Si perdemos la capacidad de esperar, la esperanza “peligra”. ¿No será este el problema de la sociedad de nuestros días? Se ha perdido la capacidad de espera, y con ello también la esperanza; porque todo se ha de conseguir en seguida, al minuto. Actualmente, todo es instantáneo, para ello basta tocar un botón en una máquina y al instante te sale lo que has pedido, ¡ya estás servido! En nuestra sociedad, la capacidad de espera no es muy ejercitada, y por esto, ante la espera en seguida viene la protesta. Nadie puede esperar a nadie. Sin embargo, la espera es muy necesaria, ella va unida a la paciencia, otra virtud en decadencia y, a su vez, muy necesaria en la vida. “La paciencia todo lo alcanza”. De esta falta de paciencia se deduce la poca capacidad de espera que, en general, tenemos. Y, a la vez, constatamos lo necesaria que es. Porque si se pierde la espera y esperanza, tanto sea a nivel personal como social, se corre el riesgo de romperse, de hacerse añicos. Y una vez “rotos”, hechos “trizas”, resulta difícil caminar y afrontar la realidad de nuestra vida diaria con las dificultades que ella conlleva. La escucha de la Palabra de Dios, la celebración litúrgica y la oración personal, a lo largo de las cuatro semanas de Adviento, pueden ayudarnos a reavivar y renovar en nosotros la espera y esperanza cristiana.

               Caer en la desesperanza es lo peor que nos puede pasar, porque en este caso, “algo muere” en nosotros mismos, instalándose en nuestro corazón el desánimo, el desencanto, la desilusión y hasta la pérdida del sentido de la vida. La pérdida de la esperanza es un terreno muy propicio para caer en la depresión, o en otras muchas enfermedades psicológicas; la desconfianza en la familia, en las estructuras sociales, etc., incluso, lo que todavía es más grave, en la pérdida de la fe. El Adviento, sin embargo, es todo lo contrario, él nos abre un camino gozoso de esperanza y de salvación. El Salvador viene, está ya la puerta y nos invita a preparar la “la posada” de nuestro corazón, acogerle con amor, y así Jesús podrá encarnarse en ti.

               La falta de esperanza es una de las causas por la cual nuestra sociedad sufre tanto desencanto, viviendo sumergida en tantos desequilibrios psicológicos y con muchas adicciones buscando recompensas efímeras, de todo tipo; sin encontrar razones fundamentales que le den sentido para vivir desde el gozo y la paz que dan la fe y la esperanza en Dios. Dice el profeta Isaías: Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse” (Is 11,30).
 
               Desde una perspectiva cristiana, creer en Jesús es descubrir en Él la esperanza fundamental de mi existencia humana, aquí y ahora; para luego, contemplarlo en plenitud, cara a cara, y vivir plenamente en su Presencia. Si el cristiano pierde la esperanza, de alguna manera pierde su propia identidad. El cristiano es aquel que espera contra toda esperanza. “Necesitamos tener esperanzas -más grandes o más pequeñas-, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar”[2].

               Los cristianos, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser testigos y heraldo de esperanza en medio de la sociedad, tan falta de ella. Los cristianos no podemos mirar los acontecimientos históricos y personales con ojos paganos, sino desde una visión de fe y de esperanza; porque en todos ellos se encierra un porqué y un para qué. Tampoco podemos dejarnos influenciar por corrientes y maneras de pensar materialistas y hedonistas. No, el cristiano está llamado a reaccionar, a vivir desde una dimensión escatológica, unido a Cristo; porque el fundamento de nuestra fe y esperanza es Él, y desde Él y con Él podremos “sazonar” nuestro entorno, nuestro mundo y nuestra historia con la “sal” de la esperanza. El fundamento de nuestra esperanza es la fe en Jesucristo, pues si no tenemos fe, ¿cómo poder esperar? Y ¿en quién confiar? La fe va muy unidad a la esperanza. “Sin la esperanza se apaga el entusiasmo, la creatividad decae y mengua la aspiración hacia los más altos valores” (Juan Pablo II).

               Para vivir desde una postura de espera y esperanza día tras día, necesitamos hacer un “alto” en el camino, que nos ayude a vivir en silencio y oración; porque por nosotros mismos no podemos alcanzar tales metas. La oración es la que fortifica nuestra espera y alienta nuestra esperanza. Tengamos la certeza de que la oración es la que da fecundidad a nuestro ser y nuestro obrar como cristianos, y desde esta certeza intentemos, a lo largo de la jornada, tener algún rato sólo para el Señor, en toda gratuidad. San Agustín dirá: “Así, nuestras palabras y obras, alimentadas por la oración, llenarán nuestros hogares y todas nuestras relaciones de la fragancia de Dios y ayudarán a transformar el mundo”. Sí, hoy nuestro mundo está muy necesitado de la fragancia de Dios, de la fragancia que viene de la oración y de la esperanza. Seamos, pues, hombres y mujeres capaces de transmitir esta fragancia de Dios, a nuestros hermanos los hombres, tan hambriento como están de esperanza. “Porque nosotros, confiados en la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habita la justicia” (2 Pdr 3, 13).

                              VELA Y VIGILANCIA

               Quiero citar a Ángel Moreno que dice: EL Adviento es como la noche de los tiempos, pero con la seguridad de lo que ya ha acontecido. No se nos invita a un agotamiento ascético por permanecer en vela, sin esperanza. A medianoche, cuando todo está en silencio, nos visita la Palabra. A medianoche, en actitud de vigilia, sucede la salida de la esclavitud. A medianoche se anuncia la llegada del esposo. Quien madruga se encuentra con la Sabiduría sentada a la puerta”[3]. La finalidad de la vigilia es clara: el encuentro con el esposo que viene en medio de la noche. “Velad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, al canto del gallo o al amanecer. No sea que llegue de improvisto y os encuentre dormidos” (Mc 13, 35-36).

a)            ¿Qué significa estar en vela?

               Estar en vela significa estar presente a Dios y a sí mismo, sin “dormirse”, estando “despiertos”, viviendo la vida en plenitud, sin caricaturas ni juegos que nos entretengan en un “insomnio” permanente, y cuando venga el esposo nos encuentre dormidos como a las vírgenes necias. “Como el esposo tardaba en llegar, les entró sueño a todas y se durmieron” (Mt 25, 6).
 
               Estar en vela nos exige vivir en verdad con nosotros mismos, con Dios y con los demás. Dentro de nosotros se da el bien y el mal, estas dos “fuerzas” habitan juntas, a la vez que son opuestas. Esta realidad nos exige velar constantemente, para que el bien se anteponga al mal. Es decir, tenemos que potenciar el bien que hay en nosotros y dejarle crecer. El bien es todo lo bueno que tenemos, los talentos que Dios nos ha dado; los cuales tenemos que poner al servicio de los demás. El mal, es todo movimiento interior, pasiones y deseos que nos llevar al egoísmo, a ir en contra del amor a Dios, a mi mismo y a los hermanos. El mal que nos habita hemos de controlarlo y poco a poco arrancarlo de raíz de nuestro corazón. Esto se llama andar en verdad, vivir en postura de conversión constante, porque la conversión no se consigue de una vez por todas; no, la conversión es un camino diario, permanente, y constante. Velar, es convertirse. “Sé que Te gusta venir inadvertidamente, pero el corazón puro, desde lejos, te sentirá, Señor” (Santa Faustina Kowalska). Esta es la verdadera conversión: la purificación del corazón. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Aquellos de corazón puro sienten con prontitud la venida del Señor.

               Estar en vela, también exige estar preparados para recibir a Aquel que viene, ya que desconocemos el día y la hora en que vendrá; pero sí que tenemos la certeza de su llegada. “Estad, pues, muy atentos porque no sabéis ni el día y la hora de la venido del Hijo del hombre” (Mt 25,13).
                    Velar significa mirar la vida y las personas con delicadeza y amor, para percibir en ellas y a través de ellas, las manifestaciones de Dios. Dios se manifiesta constantemente; Él viene en cada momento, disfrazado de mil maneras. Por esto nuestra actitud de vela y vigilancia, debe ser como la de la novia que espera al novio, atenta al menor “ruido” que pueda anunciar la llegada de aquel que su corazón ama. Esto lo vemos maravillosamente expresado en la Biblia, especialmente en el Cantar de los Cantares. “Yo dormía, pero mi corazón velaba” (Cant 5,2).

               El amor es la motivación más fuerte y profunda que nos lleva a mantenernos en vela y vigilancia. Pensemos en una madre ante su hijo enfermo, su gran amor por el hijo es lo que la mantiene en vela. También los místicos y los santos, para quienes esta actitud de vigilancia y espera es fundamental. En ellos La fuerza del amor es mucho más fuerte que el sueño. Vivamos con ilusión de enamorados nuestra vocación cristiana, ésta es la mejor manera de estar despiertos y vigilantes para cuando llegue el Esposo y llame a nuestra puerta abrirle con júbilo. “Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap. 3,20). Dios es un apasionado del ser humano, somos sus hijos, y lo que Él desea ardientemente es vivir en intimidad con cada uno de nosotros. “Mis delicias es estar con los hijos de los hombres” (Prov 8,31). Aprendamos, pues, a vivir desde la profundidad a la que estamos llamados, como hijos de Dios que lo somos, y abramos las puertas de nuestro corazón, de par en par, para que Él pueda entrar y cenar con nosotros. ¿Qué mejor huésped podemos tener? Y ¿qué mejor manera de vivir el Adviento que estando en compañía con Aquel que llama a nuestra puerta y quiere cenar con nosotros? Es decir, entablar una relación de dialogo y de amistad.

               Para profundizar la idea de velar veamos lo que Benedicto XVI dice: “¡Velad!, este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio del 1er domingo de Adviento. Jesús lo dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos: “¡Velad!” (Mt 13,37). Es una llamada saludable a recordar que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que está proyectada hacia un “más allá”, como una pequeña planta que germina en la tierra y se abre hacia el cielo. Una planta pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha usado las propias capacidades: si las ha conservado para sí o si las ha hecho fructificar también para el bien de los hermanos. El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos esto para que nuestra vida reencuentre su justa orientación hacia el rostro de Dios. El rostro no de un “amo”, sino de un Padre y de un Amigo”[4].


                              ADVIENTO SOLIDARIO

               El tercer punto: un adviento solidario, es decir, el Adviento nos exige ser solidarios con los más necesitados, con los que sufren por diferentes causas. A la esperanza y vela tenemos que añadir la solidaridad. Recordemos las palabras de Jesús: “cada vez que lo hicisteis a uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,34). El criterio del juicio final es: “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25, 39s). Si Dios es el centro de nuestra vida, el prójimo, el hermano, tiene que estar junto a Dios, no podemos separarlo. “Si alguno dice: “amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). ¡No cabe separación entre Dios y el hermano! La exigencia cristiana es clara y contundente; la generosidad de Dios es tan inmensa, que antepone el amor al prójimo, por encima del amor a él mismo, dándonos a su propio Hijo. Dios tiene entrañas de padre y de madre, y quiere que vivamos como hermanos de un mismo Padre, siendo solidarios y cariñosos unos con otros. ¡Qué maravilla si realmente viviésemos el amor de hermanos! Dios es realmente como una madre que se goza cuando entre los hermanos reina el cariño, la armonía, la ayuda mutua, la fraternidad. Animados, pues, de este espíritu fraterno, aún sabiendo que no es fácil de vivirlo; intentemos hacer aquello que está a nuestro alcance, y pidamos a nuestro Padre que nos conceda la gracia de ser solidarios los unos con los otros amándonos como Él nos ama.

               El Adviento, a nosotros, los cristianos, nos exige ser solidarios con aquellos hermanos que viven en la intemperie económica, cerca de la desesperación; con aquellos que van por el mundo sin rumbo ni proyecto alguno. Ser cristiano es llevar, unidos a Cristo, el mundo entero en nuestra oración y presentarlo al Señor para que envíe su Espíritu con fuerza y renueve el corazón de los hombres y las estructuras de nuestra sociedad; muchas de ellas, tan contrarias a los verdaderos valores humanos y cristianos, marcadas fuertemente por el pecado. Pensemos en tantas injusticias como se dan en todos los campos, tantos derechos humanos no respetados y pisoteados; a la esclavitud moderna: trata de mujeres, de niños, trabajos denigrantes y mal pagados; prevaleciendo por encima del hombre el capitalismo tirano y salvaje que esclaviza al ser humano de mil maneras. La falta de ética de algunas personas, instituciones y organismos, sin escrúpulo alguno; unido a tanto fraude y corrupción; llevando a la sociedad al caos de pobreza y miseria que estamos viviendo. Pero pese a este cuadro, un tanto deprimente, los cristianos no tenemos que dejarnos abatir, porque la esperanza es más fuerte que el mal; y un mundo mejor, donde reine la verdad, la honradez y la justicia, es posible. Claro está, con nuestra colaboración, ya que todos somos actores y responsables de la historia. Nadie puede decir que está limpio de pecado ni que hacer todo lo que podría por construir un mundo mejor. “Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín). No podemos cruzarnos de brazos, simplemente haciendo un análisis de la situación, sino actuar en consecuencia desde el Evangelio, y con el Evangelio denunciar lo denunciable.

               En la homilía del miércoles 4, diciembre, el papa Francisco comentando la repartición de los panes de Mt 15,29-37 dice: “Una palabra clave de la que no debemos tener miedo es “solidaridad”, o sea, saber poner a disposición de Dios lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, sólo en el don, nuestra vida será fecunda, dará fruto. Solidaridad: ¡una palabra malmirada por el espíritu mundano!” A los cristianos, nos toca esforzarnos y sembrar ese grano de trigo solidario, que ayude a formar una sociedad más justa, donde el amor y el compartir de unos con otros sea posible, como dice el refrán: “Un grano no hace granero pero ayuda al compañero”. Desde esta colaboración y deseos fraternos de ser solidarios los unos a los otros, seguro que la Navidad será distinta, tanto en nuestras familias, como en nuestra comunidad parroquial y sociedad, porque donde reina el compartir y el amor, allí está Dios, allí nace el Emmanuel y es Navidad. Dios nace allí donde la humanidad crece, y la humanidad crece allí donde nace Dios.

                              CONCLUSIÓN

               Si conseguimos vivir el Adviento desde una dimensión orante y contemplativa, en acción de gracias al Padre por la encarnación de su Hijo, en actitud de espera y esperanza, con un corazón vigilante y solidario, amando a los hermanos y creando fraternidad; podremos celebrar la Navidad con armonía gozosa y esperanzada de que un mundo mejor es posible y de que el Emmanuel ha nacido en nuestros corazones y en nuestro mundo.

               ¿Cómo no terminar recordando a la Virgen María, la humilde hija de Israel, la hija de Sión que cantan los profetas, cuya belleza admira el mismo Dios, “la bendita entre todas las mujeres”, aquella que “todas las generaciones llamarán bienaventurada” (Lc 1, 4) y que desde su humildad y recogimiento contemplativo nos acompaña en este tiempo de Adviento? A su protección maternal nos confiamos. Madre de la esperanza, mantén el ritmo de nuestra espera”.

               Puntos para reflexión y oración personal
ü  ¿Se puede decir que mi vida espera algún Advenimiento?
ü  ¿Reflexiono realmente cómo es mi espera y esperanza?
ü  ¿Camino hacia algún lugar, con alguna meta concreta?
ü  ¿Qué lugar tiene en mi vida la oración?
ü  ¿Creo en su poder transformador, tanto personal, como de la sociedad?
ü  ¿Soy solidario? ¿Tengo sentido de compartir?
Sor Carmen Herrero Martínez




[1]. Benedicto XVI,Dios es amor”, nº 1.
[2]. Benedicto XVI, “Spes Salvi”, nº 31.
[3] Homilía del I. domingo de Adviento 2011.
[4]. Ciudad del Vaticano, domingo 27 noviembre 2011 (ZENIT. org).

martes, 26 de noviembre de 2013

EL CARÁCTER SECRETO DE LA ORACIÓN




Bonhoeffer, Dietrich, "El precio de la gracia"  [1]
(Mateo 6,9-15)

La verdadera oración no es una obra, ni práctica, una actitud piadosa, sino la súplica del niño dirigida al corazón de su padre. Por eso, la oración nunca es ostentosa, ni ante Dios, ni ante nosotros mismos, ni ante los demás.
Si Dios no supiese lo que necesitamos, tendríamos que reflexionar en cómo se lo vamos a decir, en lo que le vamos a decir y en si se lo diremos. Pero la fe por la que rezamos excluye toda reflexión y toda ostentación.

La oración es algo secreto que se opone a cualquier clase de publicidad. Quien reza no se conoce a sí mismo, sólo conoce a Dios, a quien invoca. Dado que la oración no tiene una influencia en el mundo, sino que se dirige únicamente a Dios, es el acto menos importante.

También existe una transformación de la oración en ostentación, por la que se manifiesta lo oculto. Esto no ocurre solamente en la oración pública convertida en pura palabrería.
Este caso se da raras veces en nuestros días. Pero la situación es idéntica, e incluso mucho más grave, cuando me convierto a mí mismo en espectador de mi propia oración, cuando rezo delante de mí mismo, bien goce de este estado de cosas como un espectador satisfecho, o bien, asombrado y avergonzado, me sorprenda en este estado. La publicidad de la calle es sólo una forma más ingenua de la publicidad que me creo a mí mismo.

Incluso en mi aposento puedo organizarme una enorme manifestación. !Hasta tal punto, podemos desfigurar las palabras de Jesús! La publicidad que me busco a mí mismo consiste en el hecho de que soy, a la vez, el que reza y el que escucha. Me escucho a mí mismo, me ruego a mí mismo. Como no quiero esperar a que Dios me escuche, como no quiero que Dios me muestre, un día, que ha oído mi oración, me decido a escucharme a mí mismo. Constato que he rezado con piedad y en esta constatación radica la satisfacción del ruego. Mi oración es escuchada. Tengo mi recompensa. Por haberme escuchado a mí mismo. Dios no me escuchará, por haberme dado la recompensa de la publicidad, Dios no me dará otra recompensa.

¿Qué significa este aposento del que habla Jesús, si no estoy seguro de mí mismo?
¿Cómo puedo cerrarlo con bastante solidez para que nadie venga a destruir el secreto de la oración y a robarme la recompensa de la oración secreta? ¿Cómo protegerme de mí mismo, de mi reflexión? ¿Cómo destruir la reflexión con mi reflexión? La respuesta es: el deseo que tengo de imponerme a mí mismo, de una forma o de otra, por medio de mi oración, debe morir, debe ser destruido.
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[1] Bonhoeffer, Dietrich, Eds. Sígueme, Salamanca, 1986, pp. 106-108.