sábado, 15 de octubre de 2016

DEJATE AMAR, TAL COMO TU ERES








SANTA ISABEL DE LA TRINIDAD. CARMELITA DESCALZA, DEL CARMELO DE DIJON, FRANCIA.
CANONIZADA EL 16/10/2016 EN ROMA

 “Déjate amar, él te ama así, es decir, tal como tú eres.

No temas, confía, pues nada se antepone al amor de Dios para contigo,

ni tus propios pecados”[1].

 “Déjate amar tal como tú eres” Son palabras de sor Isabel de la Trinidad escritas a su priora, Madre Germana, poco tiempo antes de morir, palabras que muy bien las podemos hacer nuestras.

 Estas palabras de sor Isabel responden a un estado interior frecuente de Madre Germana, que siendo una excelente religiosa, de profunda vida interior, estaba obsesionada con la idea de que había sido infiel a su vocación, por no responder con fidelidad a la llamada de Dios. Sor Isabel, que la conocía muy bien y la quería entrañablemente, cuando ya estaba en la enfermería, casi en el lecho de su muerte, tuvo esta inspiración. "Dios no te pide que le ames más que estos, sino que te dejes amar más que estos, así tal como tú eres.” Y bajo esta inspiración le escribirá el pequeño tratado espiritual “Déjate amar”, que Madre Germana deberá leer después de la muerte de sor Isabel. Madre Germana, guardo en el silencio de su corazón este escrito de su querida hija espiritual, como un precioso tesoro. Podemos imaginarnos las veces que lo leería y releería. ¡Qué consolación tan entrañable para ella! Este pequeño tratado es de una riqueza inmensa, en él me he inspirado para escribir esta reflexión, después de haberlo meditado y orado muchas veces en el transcurso de mi vida. Este mensaje de Isabel es válido para todos sea cual sea el estado de vida[2].

 
Dios te ama. Esta es una afirmación de nuestra fe. Dios te ama así, tal como tú eres, desde siempre y para siempre. “Con amor eterno te amé” (Jr 31,3). La criatura puede cambiar de actitud frente a Dios, o incluso ignorarlo y hasta rechazarlo y negarlo; pero Dios nunca cambia frente a ella ni deja de amarle aunque ella se aleje de Él y le sea infiel. “Dios es amor”, dice san Juan (1 Jn 4,8), y si dejará de amar, dejaría de existir; de alguna manera se destruiría a sí mismo, y esto en Dios no es posible.

 
 Dios te ama y ama tu pequeñez, pues Él te ama por ti mismo, no por lo que tienes ni por lo que haces; y mucho menos, por lo que representas. La medida, del tener, del hacer y del representar, a Dios no le sirve para nada; pues eso son valoraciones mundanas que únicamente sirven para desarrollar la mentira y desfigurar la careta con la que nos solemos pasear los humanos. Dios te ama sólo y únicamente por lo que tú eres y representas para Él: su hijo, su hija amado/a. De este amor filial nace tu verdadera grandeza divina y humana, tu plenitud, de ser creado y salvado en Cristo. Desde tu pequeñez, tal como tú eres, acoge con gozo el gran amor que Dios te tiene, pues “Dios te amó el primero” (1 Jn 4,10). Y el profeta Isaías dice: “No temas, yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío, tú eres precioso a mis ojos y yo te amo.” “¿Acaso olvida una madre al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella llegase a olvidarlo, yo no te olvidaré. Mira, en las palmas de mis manos te tengo tatuada” (Is 43, 1-4; 15-16).

 
Déjate amar, no temas, confía. Ten la certeza de que Dios te ama con amor infinito, nada puede impedirle amarte, ni tus alejamientos ni tus imperfecciones, ni siquiera tus propios pecados distancian el amor de Dios para contigo. ¡Él siempre te ama! El amor de Dios es mucho más grande que el pecado del hombre, porque Dios es amor, perdón, ternura y misericordia. “Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor; aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo. ¡“Por pura gracia habéis sido salvados”! (Ef 2,4). El amor de Dios te purifica y borra tus imperfecciones y pecados; el fuego de su amor te recrea, unifica y embellece. Su amor infinito purifica y santifica todo aquello que en ti es imperfecto. Sea cual sea tu situación y tu estado interior, ten la certeza y la confianza de que Dios está a tu lado; más cerca de ti, que tú mismo. Ten la seguridad de que el amor de Dios te transforma, santifica y cristifica; tú solamente tienes que abrirle tu corazón y acoger su amor con sencillez y gratitud. Déjate abrazar, envolver por la ternura de Dios “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguien me abre entraré y comeremos juntos” (Ap 3,21). Ten la certeza de que Dios quiere entablan una relación de amor contigo. Si llegas a comprender esta realidad, tu vida cambiará, y habrás encontrado el cielo en la tierra, porque el cielo es Dios, y Dios habita en ti. Aviva, pues, en ti la conciencia de que eres templo, sagrario, icono del Dios vivo y vive constantemente en su Presencia, en esa actitud de acogida y entrega: en el Hogar trinitario donde siempre debes permanecer.

 
Ten fe y confianza en su amor. Vive en un total abandono, tu vida está entre sus manos y Él nunca te abandonará. Si te sientes pequeño/a, incapaz de amar, incluso si llegas a sentir la impotencia de no poder acoger el amor que Dios te tiene, confía, adora y espera. Fija tu mirada en Jesucristo crucificado que ha dado la vida por ti, muriendo en una cruz, y pídele con fe y sencillez de niño que te enseñe a acoger el amor y la ternura de Dios Padre que ha entregado a su Hijo por tu salvación.

 
 Realiza todo con Jesús y desde Él. Dios realizará en ti, mediante su amor, su obra de perfección, de santidad. No te empeñes en hacer, deja, simplemente, que Él haga su obra en ti. El santo no es aquel que hace muchas cosas por Dios, sino aquel que acoge la acción del Espíritu Santo en su vida y se deja “hacer”, santificar por su acción divina. En la vida espiritual es necesaria una cierta “in-acción” para darle toda la primacía a la acción y fecundante del Espíritu Santo. Todo lo que tienes que hacer, por tu parte, es acogerle y dejarle hacer, renunciando a los proyectos personales, para que Dios pueda realizar su proyecto en ti. Entrégate con docilidad y sencillez a la acción creadora que, en cada instante de tu vida, Dios quiere realizar en ti. Déjate modelar por el Divino Alfarero para que Él haga la vasija que más le agrade y no pretendas imponerle aquella con la que tú soñabas ser. El Divino artista no puede realizar más que bellezas divinas, para ello solamente necesita que la materia se deje modelar a lo divino. Dios, siendo la Belleza suprema, realiza obras que reflejan la belleza de su Bondad y de su Amor.

 
No tengas miedo de abandonarte al Amor. Abandónate en los brazos cariñosos del Padre que te ama hasta el extremo de enviar a su Hijo para salvarte y unirte a Él.          “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que Él ha dado su vida por nosotros”  (1 Jn 3,6). Y San Pablo dirá: “Vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Dios desde el principio de la creación ha querido infundir en su creatura su amor y su grandeza, “haciéndole partícipe de su naturaleza divina”         
(2 Pd 1,4). “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza, y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; hombre y mujer, los creó” (Gen 1,26-27). Sabiendo que el hombre, la mujer, han sido creados a imagen de Dios, tú hallarás la plenitud en la medida que orientes toda tu vida en este doble movimiento de: de acogida y entrega. Acoge el amor que Dios te tiene, y ámale con todo tu ser, como respuesta a su gran amor. Mediante este doble movimiento de acogida y respuesta te irás identificando con Cristo y, desde esta identificación, serás, con Él, en Él y por Él, acción de gracias y alabanza del Padre: la vocación por excelencia del cristiano y la que vivió sor Isabel: “ser alabanza del Padre”.

 
 Por tu parte, tú no puedes amar ni responder a tu vocación si antes no descubres que eres amado/a por ese Dios a quien tú llamas: Padre. De ahí, la necesidad de creer y acoger, con toda tu alma, el amor que Dios te tiene; pero no como algo que sabes, como pura formula, de una manera intelectual, sino desde la experiencia del corazón y de la intimidad vivida con Él. Si tú llegas a vivir en su amor, Él será el único cimiento de tu existencia, el cual te dará profundidad y altura, madurez y sabiduría; siendo como una roca firme, bien asentada que los vientos no pueden tambalearla en el combate de la fe y de la vida, y tú serás en el corazón del mundo, un vivo testimonio del amor del Padre para tus hermanos. De un tal testimonio, nuestro mundo está profundamente necesitado.

 
 Kiko Argüello decía a los jóvenes con ocasión del jubileo del año 2000: “El verdadero pecado del hombre es pensar que Dios no le ama.” Y la Madre Teresa de Calcuta, en esta misma ocasión insistía: “Cada uno de nosotros tiene que gritar que Dios le ama.” La certeza de que Dios te ama tiene que orientar y alentar tu vida cristiana a vivirla con gozo y esperanza.

 
Todos los conflictos, tanto a nivel personal, como de grupos, comunidades, familias y naciones; suelen venir de la falta de amor y dialogo de unos con otros, es decir, del individualismo, convertido en el “yo” egoísta, que se antepone al “nosotros”, al bien común, al respeto y al amor; llevando a la ruptura, a las guerras y hasta a la muerte. Basta contemplar las noticias de estos últimos tiempos para ver la violencia que reina en el mundo y en el corazón de los humanos, por la falta de amor.

  El ser humano cuando deja de amar, de alguna manera deja de existir, porque se desequilibra y se destruye a sí mismo; ya que no vive el fin para el cual ha sido creado: amar a Dios, amarse a sí mismo y amar a sus semejantes desde el amor que ha recibido del mismo Dios. Las tres tareas principales de toda existencia. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado” (Rm 5,5). Por esto el ser humano no puede amar en verdad, si antes no acoge el amor que Dios a “sembrado” en su corazón. Tomar conciencia de esta realidad e esencial. De aquí nace la necesidad imperiosa de descubrir y acoger el amor de Dios en tu vida; para que desde él ames en verdad y seas testigo de su amor, en medio del mundo tan hambriento de amor. En nuestros días, la misión no es el discurso ni la predicación, porque la gente no cree en eso. Incluso ya no cree ni en las grandes Obras sociales. El gran medio de la misión y de la evangelización es el testimonio de quienes tienen la experiencia de Dios y la transmiten con su vida y su ejemplo. Son evangelizadoras aquellas personas que dejan sentir la presencia de Dios en sus vidas, y transmiten lo que Él puede hacer en nuestras vidas, cuando le dejamos abierta la puerta de nuestro corazón, cuando acogemos su gracia, su amor.

 
Nuestra sociedad, está necesitada de hombres y mujeres que vivan la experiencia del amor, que de verdad se sientan amados para que, a su vez, sean testigos convencidos del amor de Dios para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tan necesitados como están de sentirse amados, arropados y comprendidos. Hemos sido creados para amar y ser amados, ahí radica nuestra felicidad y plenitud humana y divina. Muchos de los dramas que se dan en la vida personal y social, vienen de la herida que la persona vive de no sentirse amada, de no contar para nadie. ¡Esto es muy triste! Y, a la vez, un hecho muy real. Y cuando la persona vive la herida del no amor, puede tener reacciones inesperadas y hasta dramáticas. “La enfermedad más grave de nuestro tiempo es la de no ser nadie para nadie” (Madre Teresa de Calcuta). ¿No será esta la causa de tanta agresividad y violencia de nuestra sociedad? Pasar la vida desapercibido/a, ignorado/a. Des este anonimato, en el que viven la mayoría de las personas, nacen las agresividades, los conflictos, los problemas, como reacción al grito desesperado de la falta de amor y de reconocimiento.

   Necesitas acoger y contemplar el amor de Dios Padre, para poder ser testigo y amar a los hermanos con esta mirada amorosa con la que cada uno somos amados por Dios. Para amarnos como hermanos, primero tenemos que descubrir la filiación común, la filiación divina, pues todos somos hijos de un mismo Padre, y partiendo de esta filiación es como nacerá, sin demasiado esfuerzo, la hermandad y la fraternidad; porque su raíz y fuerza están en el seno de la Trinidad y no en nosotros mismos. Pero para ello hemos de descubrir este manantial y beber de él. Dios es relación, comunión, y el hombre ha sido creado para la relación, la fraternidad y la comunión; primero para esa relación íntima con Dios, y desde Él para la relación fraterna y de amistad con los hermanos. Hemos de tomar conciencia de esta realidad y dejar que el amor recibido brote de nosotros mismos, no le pongamos ninguna “traba”; al contrario dejémosle “brotar” como brota el agua de la fuente, con pureza, fuerza y frescura. De esta manera respondemos al plan de Dios: que todos nos amemos como Él nos ama, y así seremos felices y haremos felices a los demás y una sociedad distinta será posible. “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34).

 Acoge con todo tu ser el amor que Dios te tiene. Permanece siempre anclado en esta certeza, la única capaz de dar sentido, esperanza y gozo a tu vida. “Su amor nunca se alejará de ti, Él nunca romperá su alianza de paz contigo” (Is 54,10). Si llegas a tener la certeza de que Dios te ama con un amor infinito, jamás vacilarás ni caerás en tu sendero, su Amor será tu cayado y baluarte; tu roca firme en la adversidad. El saberse amado por el Señor no quiere decir no tener problemas en la vida y que todo es fácil; no, sino que la certeza de sentirte amado te lleva a vivir la vida desde otra dimensión, porque ya no vives solo, sino habitado por el Amor trinitario. Dice la beata sor Isabel: “La Trinidad, he ahí la casa paterna de donde nunca debemos salir”.

“El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar;

aunque camine por cañadas oscuras, nada temo,

porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan”.

(Sal 22).
Sor Carmen Herrero Martínez


[1] “Déjate amar tal como tú eres”, son palabras de sor Isabel de la Trinidad escritas a su Priora, Madre Germana, poco tiempo antes de morir, palabras que muy bien podemos hacerlas nuestras.
Estas palabras de sor Isabel responden a un estado interior frecuente de la Madre Germana, que siendo una excelente religiosa, de profunda vida interior, estaba obsesionada con la idea de que no era fiel a su vocación por no responder con fidelidad a la llamada de Dios. Sor Isabel, que la conocía muy bien y la quería entrañablemente, en sus últimos días tuvo esta inspiración y le escribió: "Dios no te pide que le ames más que estos, sino que te dejes amar más que estos, así tal como tú eres” Bajo esta inspiración le escribirá el pequeño tratado espiritual: "Déjate amar", que Madre Germana deberá leer después de la muerte de sor Isabel de la Trinidad ante su féretro.
Este pequeño tratado es de una riqueza inmensa, en él me he inspirado para escribir estas páginas, siguiendo Las Obras Completas “Traités Spirituels”, Padre Conrad de Meester C.D, I. Tom. P. 193-199.
Una breve presentación de Sor Isabel de la Trinidad para aquellas personas que no la conocen: La Beata Sor Isabel, es una Carmelita Descalza que entra en el Carmelo de Dijon-Francia, a los veintiún años y muere a los veintiséis, cinco años más tarde, habiendo llegado a la cumbre de la vida mística. El Papa Juan Pablo II la beatificó el 25 de noviembre de 1984. Y el papa Francisco la canonizó el domingo 16  de octubre 2016.
Su vocación profunda es: “Ser acción de gracias y alabanza del Padre.” Vivió profundamente el misterio trinitario: mis Tres, como ella suele nombra a la Santísima Trinidad. Poco antes de morir dijo: “Mi misión en el cielo consistirá en atraer a las almas, ayudándolas a salir de sí mismas para unirse con Dios mediante un ejercicio sumamente sencillo y amoroso, y en mantenerlas en ese gran silencio interior que le permite imprimirse en ellas y transformarlas en Él”.
 
[2]. Las citas he siguiendo Las Obras Completas “Traités Spirituels”, del Padre Conrad de Meester C.D, I. Tom. P. 193-199.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

PREPARAD El CAMINO DEL SEÑOR




 

PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR

Un nacimiento se prepara, se espera con gozo exultante, pero unidos a estos sentimientos de alegría y jubilo, también se da cierta angustia, cierta preocupación con sus propios interrogantes. ¿Irá todo bien? ¿Cómo será el niño, la niña que va a nacer? Y, la madre, ¿cómo va a vivir este momento tan importante de su vida? Y, el padre, ¿cómo situarse antes este nacimiento, fruto del amor, entre un hombre y una mujer, para dar la vida a una tercera persona?… ¡Maravilla de maravillas! Ante todo nacimiento, los sentimientos son muy encontrado, las emociones, preocupaciones e interrogantes, son intensos; hasta el momento de oír llorar a la criatura y ver su cuerpecito; entonces y sólo entonces, el pensamiento y el corazón “descansan”. ¡Ha nacido!, todo ha ido bien, ¡felicitaciones! y Jubilo. ¡Una nueva etapa comienza!

Este hecho tan humano como real y maravillo, hemos de trasladarlo al nacimiento de Jesús. En nuestra vida de Cristianos, con el nacimiento de Jesús, ¿Comenzara una nueva etapa? O más bien seguiremos, como siempre, como si nada hubiese pasado, una Navidad más…
 
Es verdad que, Jesús histórico, no nace todos los años, como nació hace ya 2015 años en Belén; pero no es menos real y cierto su nacimiento místico, su nacimiento litúrgico; porque la liturgia no hace simplemente memoria de un recuerdo histórico; sino que la liturgia actualiza el verdadero hecho histórico, convirtiéndose en hecho real, místico, teológico.

¿Cómo acompañar y despertar al pueblo cristiano a comprender este maravilloso nacimiento que se realiza no solamente en la noche de Navidad, sino en toda eucaristía? Tal vez, la pastoral más importante y urgente como fecunda en este tiempo de Adviento, sea la de preparar a las comunidades cristianas a comprender el nacimiento de Cristo desde esta dimensión litúrgica, mística y teológica.

El nacimiento de Jesús, se ha adornado de tantas cosas superficiales y mundanas que no hacen sino distraernos del misterio. ¡Misterio del amor del Padre hacia sus hijos! “Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gl 4,4). “Recuperar”, “reavivar” el verdadero sentido de la Natividad, ¿no sería una manera de preparar el camino al Señor? Es decir, preparar nuestra “posada”, nuestro corazón, a acoger con gozo Aquel que viene, y que viene a salvarme, a darme la vida. Este niño que nace, Jesús, en el corazón de cada cristiano, y en el corazón del mundo, es un niño que quiere ser acogido, al mismo tiempo que acogernos. Dos movimientos interiores muy importantes para preparar el camino de su venida y celebrar la verdadera Navidad: la acogida a Dios que se encarna y el dejarme acoger por Dios encarnado. Esta sería una celebración de la Navidad real, profunda y cristiana, y no la que la publicidad nos presenta e impone. Ante la cual cedemos.

Acoger a Jesús exige que mi “aposento”, como diría Teresa de Jesús, esté preparado, sea acogedor, para recibir al Emmanuel. Esto nos exige una buena “limpia” del aposento, un poner orden en nuestra vida, un salir del egoísmo que tanto nos esclaviza, de la mentira, para caminar en verdad, porque Navidad y verdad van juntas. No esperemos que Cristo nazca en nuestro interior ni en la sociedad, sino no somos hombres y mujeres que intentan y quieren vivir en la verdad. Preparar el camino del Señor exige la conversión, vivir desde la verdad. Jesús no nace en medio de la mentirá. En medio de la pobreza y sencillez nacer Jesús; en la mentira, la injusticia y explotación no. Entonces, prepararemos nuestro “aposento”, nuestro corazón en este tiempo de Adviento para acogerle y vivir la Navidad.

Si importantes es la acogida a Jesús, el dejarnos a coger por Jesús, lo es mucho más. Jesús no solamente se contenta con ser acogido, sino que quiere que también nosotros nos dejemos acoger por él. El se encarna para salvarnos, para llamarnos amigos, para hacernos uno con él, su más profundo deseo es que todos los hombres lleguen a conocer el Padre y se salven. Déjate, pues, acoger por Jesús en la realidad concrete de tu existencia, sea cual sea, Jesús viene a darte la vida, a que vivías en la verdad que es la que te hace libre y a dejarte sanar de todas tus heridas; él viene a sanarte, a darte su paz que tanto necesitas; que tanto necesitamos unos y otros y que el mundo reclama con urgencia.

Viviendo estas dos dimensiones podrás celebrar la Navidad, o mejor, la Navidad se hará en tu vida, porque te habrás encontrado con Jesús que es la verdadera Navidad y toda tu vida será una Navidad prolongada.
No consientas a que la publicidad, el consumismo, materialismo y preparativos inútiles a lo esencial, al misterio, te roben la verdadera Navidad, el gozo de que Jesús nace en tu “aposento”, en tu corazón.

BUEN CAMINO DE AVIENTO 2015
 
PARA LLEGAR A LA PLENITUD DE LA NAVIDAD

Carmen Herrero Martínez







domingo, 8 de noviembre de 2015

EN LA AVANZADA EDAD

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“Envejecer es como escalar una gran montaña;
mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.
(Ingmar Bergman)

Desde que se nace, se comienza a avanzar en edad. Esto es una ley natural. La autenticidad y profundidad de la persona comienza desde la infancia. Desde la infancia la persona se va construyendo. Y, tristemente, se educa, en general, mas para “hacer” que para “ser”. Siempre, pero a cierta edad de la vida, la esencia de la persona radica plenamente en el ser. El hacer se deja para las nuevas generaciones, que lo necesitan y lo pueden hacer mejor. Saber dar el paso a los jóvenes desde esta conciencia y disposición interior, ¡es importante! Esta disposición lleva a vivir en libertad y armonía con mi ser más profundo; a habitar mi tierra profunda, mi yo más intimo. Y es desde esta conciencia como se vive con gozo la propia edad, con todo lo que ella conlleva de riqueza, pobreza y limitaciones.

En el transcurso de la vida hay un tiempo para todo, y cada etapa conlleva sus propias exigencias y responsabilidades. Pero al llegar a la avanzada edad, si las etapas anteriores se han vivido desde la madurez, es decir, desde la entrega, el servicio, el don para el bien de los demás y la responsabilidad; todo será más fácil en el atardecer de la vida. El “caudal” adquirido es tal, la sabiduría y la experiencia de vida tan enriquecedora, que en adelante puede decir que vivo de “rentas”. Ahora bien, esas rentas no son para guardarlas para sí, sino para seguir compartiéndolas con las nuevas generaciones, tejiendo unidos la historia de la Humanidad, el patrimonio más rico y bello que pode tener un pueblo son las personas mismas.

En la avanzada edad las fuerzas físicas disminuyen, la energía y dinamismo no es el mismo; todo se realiza a paso lento, con un ritmo más bien pausado, acompasado, armonioso, melodioso; se terminó el ritmo estridente, rápido y a veces discordantes; para dar paso a otro, mucho más lento y armonioso. En la avanzada edad se da una belleza que ni la persona misma ha llegado a descubrir, y mucho menos los que la rodean. Aprender a vivir la belleza de las distintas etapas de la vida es señal de madurez, de un buen equilibrio mental, humano y espiritual.

Las notas de la avanza edad son más armoniosas, porque la vida ha ido modelando el ser más profundo de la persona, redondeando las esquinas y picos que hacían que la vida reprodujese muchas notas discordantes, rompiendo la armonía, el equilibrio y la belleza de la pieza. Pues la vida es como una partitura de música que aprendemos a reproducir las notas a lo largo y ancho de nuestra existencia. La nota esencial de la vida será la muerte, asumida desde la libertad de la vida. El consentimiento a que soy una creatura finita, es el acto de mayor libertad.
El mensaje de la avanzada edad debe de ser la armonía interior, de donde brota la paz, la serenidad, la comprensión, la tolerancia y el verdadero amor. La avanzada edad permite a la persona amar en verdad y sin miedos. El mundo necesita de las personas mayores, las cuales son referencia, para las nuevas generaciones, igual que las personas mayores necesitan de los niños y de los jóvenes para guardar la frescura de lo que ellas fueron un día: también niños y jóvenes. El día que la sociedad comprenda que las distintas generaciones se necesitan y se complementan, aquel día será posible el comienzo de una nueva sociedad unificada, armoniosa, bella, alegre y fraterna.
La libertad es un don de la avanzada edad. Un fruto que va madurando en el transcurso de la vida y que se recoge con gozo y alegría al atardecer de la vida, como quien se encuentra con un gran tesoro. La libertad es el tesoro más extraordinario que la persona puede adquirir. Dios no ha creado para la libertad, para esa libertad interior que siempre lleva a obrar el bien y a amar en plenitud, sin miedos. A obrar con justicia y equidad, a ser lo que realmente soy sin caretas, sin armadura que me desfigure. La libertad va unida a la autenticidad, a la verdad.

La mentira es el peor enemigo de la libertad. No hay libertad fuera de la verdad. La mentira es el peor enemigo de la libertad. “La verdad os hará libres”. La mentira es la esclavizadora numero uno de nuestro tiempo, la que realmente ata las manos y los pies y paraliza completamente a la persona, por mucho que ella se mueva… Optemos por la verdad que es lo mismo que vivir la libertad.

En la edad avanzada, hay capacidades, fuerzas y energías que van disminuyendo, esto es una ley biológica que hay que asumirla con naturalidad, mucha serenidad y realismo. Sin embargo, en la avanzada edad se posee un “patrimonio” un caudal, que da seguridad, paz, confianza y gozo de la misión cumplida. Con la edad madura todo se va unificando, para vivir en la paz, la libertad y amor.
“El éxito de la eterna juventud está escondido en el único lugar en donde a nadie se le ocurre buscar, en nuestro interior” (F. Javier González Martín).
Sor Carmen HERRERO

martes, 31 de marzo de 2015


ENCUENTRO DE JESÚS Y MARÍA CAMINO DEL CALVARIO



     «Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta» (Lm 1,12). Estas palabras de la Santas Escrituras, se las podemos aplicar a la Madre Dolorosa, la Madre del Redentor del mundo.



     En el camino hacia el Calvario Jesús se encuentra con María, su madre, y María se encuentra con Jesús, su hijo amado, su predilecto, salido de sus entrañas. El intercambio de miradas es intenso, profundo, lleno de amor y de ternura; desde el silencio amante y compasivo. La mirada es el lenguaje más profundo e intimo entre os seres que se quieren. En este encuentro no hay palabras, la sola palabra es la mutua mirada que expresan el dolor intenso y profundo que cada uno vive. El dolor de la madre por su hijo ajusticiado, llevado al suplicio de la muerte, sin causa alguna, es profundo, indecible. El inocente, es condenado por los culpables, y la madre conocedora de la mentira que traman, asume desde la fe y el abandono el designo del Padre. La profecía de Simeón se ha cumplido:una espada traspasará tu alma(Lc 2,35). Pero María, mujer de fe y esperanza, asume este momento, desde la certeza de que la muerte no es el final del camino. ¿Cómo va a morir el que es la Vida? No, ¡esto es un absurdo! ¡Poderoso como es Dios, él vendrá en su ayuda!



     «No temas María, Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32). Estas palabras que el ángel le había dicho a María, en la Anunciación, ella las cree contra toda esperanza. Y desde esta certeza y esperanza, María, con su tierna mirada, infunde en su hijo, ánimo, fortaleza y confianza en el Padre que es quien sostiene su vida y dirige la historia salvífica; el Padre eterno vendrá en su ayuda. María confía y adora el plan del Padre, aunque no lo comprenda. En medio de la profunda soledad de la Pasión de Jesús, María ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura y una fidelidad incondicional. Madre e hijo están íntimamente unidos y nada podrá impedirles de llevar a cabo la voluntad del Padre, la misión por la cual se ha hecho hombre. María dijo “Hágase en mí según tu palabra” y el hijo: “Heme aquí, Señor, para hacer tu voluntad” Y madre e hijo serán files hasta el extremo, hasta dar su vida por la salvación de la humanidad.



     Si el corazón de María está traspasado por la lanza del dolor, no es menos el dolor que atraviesa el corazón del Hijo, al ver a su madre tan afligida y sumergida en tan profundo dolor y soledad. El verdadero amor hace suyo el dolor del ser amado. Y este es el caso de Jesús y María: cada uno hace propio el dolor del otro. Madre e hijo se funden en un mismo fíat, en un mismo hágase tu voluntad, ofrecido al Padre por la salvación del género humano. María al decir Fiat en la Anunciación asumió, con todas las consecuencia, la historia de su propio hijo, haciéndola suya. Porque María es madre, sufre profundamente; y quiere abraza y llevar la cruz junto con su divino Condenado en el camino hacia el calvario. Pero no solamente abraza a Jesús, sino que en su corazón, abraza a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Sintamos, amados, acompañados y mirados con ternura por María, nuestra Madre.


     La Iglesia llama a María: “corredentora con Cristo”, porque, de alguna manera, ella también murió en la cruz con su Hijo. No de una manera cruenta; pero sí de una manera mística. María, recorrió el camino del calvario y estuvo al pie de la cruz acompañando a su hijo amado, haciendo suya la pasión y muerte del hijo. La pasión del hijo es la pasión de la madre. Y la muerte del hijo es la muerte de la madre.

     Señor, Jesús, como María tu madre, también nosotros queremos acompañarte, ofrecerte nuestro  más tierno amor, estando a tu lado en este camino en el que el dolor te desfigura y la cruz te aplasta.

     En ti, también queremos acompañar a tantos hermanos y hermanas que el dolor los tiene hundidos, desfigurados, sin poder levantarse ni mirar al horizonte, sin encontrar una mirada que les dé fortaleza para seguir caminando. Para ellos te pedimos la fe y la esperanza, y una Madre buena que les mire con amor y les acompañe en su sufrimiento. Y a Ti, María, Madre del Fiat, concédenos tu fe y confianza en los planes de Dios, Padre, aunque no siempre los comprendamos. Y consuela a tantas madres como sufren las “pasión” de sus hijos queridos y ayúdales a llevar la cruz con tu presencia de Madre, la más tierna y dulce de todas las madres.

                                                                                                           Sor Carmen Herrero Martínez 

viernes, 2 de enero de 2015

CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS


CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS

Al final del año es el momento ideal para la acción de gracias, para agradecer a Dios, nuestro Padre, cuanto hemos recibido, ya que todo don procede de Él. La gratitud a Dios y a los hermanos es la nobleza más profunda del ser humano. Quien no es agradecido, es como si una parte de su existencia quedase muerta, sin vida. El agradecimiento y la alegría van unidos; porque una persona agradecida es alegre.

¡Tenemos tanto que agradecer a Dios! Pararnos un momento, en el transcurso del año, es esencial; una necesidad interior; para desde el silencio orante hacer memoria, de los dones, gracias y bendiciones recibidas. Y por todo ello queremos simplemente decir: ¡gracias, Padre!

Gracias por el don de la vida, el don del bautismo, el cual nos otorga la gracia de ser hijos de Dios, miembros de su Iglesia y hermanos de todos los hombres. Gracias por el don de la fe, sin la cual la vida carece de sentido; porque todo es diferente vivido desde la fe. A la fe se une la esperanza y el amor, los tres “pilares” que dan consistencia, seguridad y estabilidad a nuestra vida cristiana. Cuando alguno de estos “pilares” falta, nuestra vida se tambalea y se desestabiliza, porque le falta el verdadero cimiento que es la vida teologal. Gracias al Espíritu que en el bautismo nos infunde estas tres virtudes.

Gracias por el don de la familia, la primera escuela y maestra que nos va educando en los valores humanos y cristianos; enseñándonos a caminar en la vida, desde el amor, la responsabilidad, el respeto, la tolerancia y la libertad.

Gracias por el don de la amistad, por las personas que a lo largo y ancho de nuestro camino, se van entrecruzando en nuestra vida; personas tan distintas, unas de otras; pero todas maravillosas; las cuales nos ayudan a caminar con ilusión renovada y gozo en el corazón. La primera y principal amistad es la de Jesús: “el nos llama amigos, y nos ofrece sinceramente su amistad; y de esta amistad con Jesús parten todas las demás amistades.

¡Y cómo no agradecer al Padre el don de su propio Hijo, el cual nos ha revelado la ternura y el amor del Padre! Y al Hijo, Jesús, que se ha entregado por amor, para salvarnos y llevarnos al Padre; ¡cómo no estar eternamente agradecidos por su don total al plan de Dios para hacernos hijos de Dios y llamarnos amigos; invitándonos a vivir en relación de intimidad con la Trinidad!
María, la madre de Jesús y nuestra madre, cantó su magníficat, su acción de gracias por las maravillas que Dios hizo en ella y con ella. Con María atrévete, tú también, a cantar las maravillas que Dios ha hecho en tu vida, nadie como tú lo sabe. Sé sencillo, humilde y pequeño y reconoce los dones y gracias que Dios te ha dado y canta tu propio magníficat, tu acción de gracias.

Vivir la acción de gracias al Padre en el Hijo por el Espíritu, significa vivir la vida en plenitud. Salir de tu pequeño mundo, para abrazar con ternura la humanidad toda entera, así como nosotros somos abrazados por la Santísima Trinidad.

Dios, y Padre de todos los hombres, al terminar este año 2014 queremos decirte Gracias: gracias por lo que somos y por lo que estamos llamados a ser, por cuantos dones nos has dado; gracias también por todo cuanto nos ha hecho gozar y sufrir; por aquello que no hemos comprendido y que queda envuelto en el misterio. También nos atrevemos a darte gracias por nuestras faltas, errores, omisiones y debilidades; ellas nos muestran que estamos en camino, que somos humanos y seres imperfectos, necesitados de tu salvación. Gracias, Padre, de ternura y bondad.


Sor Carmen Herrero Martínez

domingo, 30 de noviembre de 2014

ANUNCIO DE ADVIENTO

ANUNCIO  DE  ADVIENTO 2014

Os anuncio una buena noticia: el Adviento va a comenzar.
Alzad la vista, restregaos los ojos, despertad, otead el horizonte, porque Dios viene.Daos cuenta del momento. Avivad el oído para escuchar los susurros, los gritos, el anuncio de la Vida que va nacer.En el seno de María, crece el germen de un mundo nuevo: el Hijo del Dios encarnado, el Emmanuel, el Dios-con nosotros.Con el Adviento, amanece la esperanza en el horizonte, en el corazón de todo creyente; porque de los cielos llueve el rocío de la justicia, de la paz y del amor: Dios se ha encarnado en una doncella, hija de Israel, a la que todas las generaciones llamarán “Bienaventurada” porque ha creído en el anuncio del ángel.
Al fondo, se percibe ya la Navidad: una Navidad gozosa, íntima, fraterna, serenada, pacífica y solidaria.
Para algunos también será una Navidad superficial, triste, desgarrada, incluso violenta, pero siempre “esposada”, unida a la esperanza. La esperanza, esa “niña” que habita en lo más profundo del ser humano, es la que nos mantiene firmes ante la espera de que un mundo mejor es posible.El Adviento, es llama de esperanza, llama ardiente que atraviesa el espesor de los tiempos y de las tinieblas. Llama que alumbra el camino del peregrino vacilante, perdido en la encrucijada de los caminos y del tiempo.Adviento, un camino solidario que da la mano al extraviado y al cansado; abraza al solitario y abandonado; consuela al triste, visita al enfermo, al extranjero y al encarcelado; da pan al hambriento y agua al sediento.Adviento se “esposa”, se une con la Humanidad sedienta de verdad, de justicia, de paz y fraternidad.Adviento, contenido de gozosa y Buena Nueva: ¡María está en cinta! una gestación de ternura y esperanza le acompaña. ¡Dios visita a su pueblo! Dios se hace uno de nosotros, para hacernos semejantes a Él. Estad alegres, os lo suplico, estad alegres, el Señor viene y planta su tienda entre nosotros dándonos el poder de ser hijos de Dios.
Isaías grita lleno de esperanza: “Caminemos a la luz del Señor. Preparad los caminos del Señor, para que todo el mundo contemple la salvación de Dios” (Is. 40, 3).Con la esperanza de todos los pobres de Yahvé y los pobres de todos los tiempos, pronuncia María su Fiat: “Hágase en mí según tu palabra” Lc 1,38). Y el Verbo se encarnó y habitó entre nosotros, colmando todo anhelo de libertad y salvación.Alegraos, saltad de júbilo, poneos vuestro traje de fiesta, perfumaos con perfumes exquisitos de buenas obras, para recibir a vuestro Dios que viene.
Avivad la alegría, el júbilo y la fiesta. ¡Preparad el camino! Ya llega nuestro Salvador, nuestro Dios. “Él está a la puerta y llama, si le abres, él se sentará a la mesa y cenara contigo”          (Ap. 3,20).¡Ora, contempla, acoger la Vida! Y con ella, celebra la Navidad, la fraternidad solidaría.


ENTONCES,  SERÁ  NAVIDAD


Sor Carmen Herrero