lunes, 9 de diciembre de 2019







ADVIENTO   NOS  INVITA   A   VIVIR   ACTITUDES   DE   RENOVACIÓN   PROFUNDA

Adviento 2019

Hace unos días, celebramos el primer domingo de Adviento como pórtico de un nuevo año litúrgico. El año litúrgico comienza con el primer domingo de Adviento. Es importante que, al comenzar este tiempo, nos situemos en la realidad litúrgica que durante cuatro semanas vamos a celebrar, como preparación a la Navidad. Y acojamos la gracia de este tiempo maravilloso de espera esperanzada en Jesús que viene a visitar a su Pueblo y acampa entre nosotros. “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y Dios será su Dios" 
(Apocalipsis 21, 3).

El Adviento es la iniciativa de Dios que quiere encontrarse con la humanidad, con cada uno de sus hijos e hijas y decirles todo su amor. Por parte del cristiano, vivir el adviento es abrir el corazón de par en par para acoger la gracia y el regalo que Dios nos hace enviándonos a su propio Hijo, encarnado en el seno de una doncella: María. En su Hijo, Dios nos dice el inefable amor que nos tiene. Vivir el Adviento en profundidad conlleva la acogida de este gran amor y purificación de cualquier otro amor que impida a Jesús nacer plenamente en la cuna de mi corazón. Celebrar el adviento significa que María y José tienen sitio en mi “posada”, donde el Emmanuel puede nacer y sentirse acogido y amado.
El adviento está marcado por: velad, orad, conversión.
La conversión del corazón tarea cotidiana y permanente; para ello necesitamos la oración y la vigilancia; y la gracia del Espíritu que siempre nos acompaña.
Cristo, que vino ayer al mundo, hoy, viene misteriosamente, invisible, pero realmente a morar en cada uno de nosotros. Ayer vino de forma visible a Palestina. Y hoy viene de forma mística y misteriosa para grabar su vida en nuestra propia vida, en nuestra intimidad, en nuestra conciencia. Esta es la realidad maravillosa de este tiempo de Adviento: Cristo que ayer vino al mundo y nació en Belén, hoy, en el momento histórico que vivimos, viene a la comunidad y a cada uno de nosotros para transformarnos en él, haciéndonos revivir su vida y los misterios de su vida, que ahora son sucesos de los cristianos, no solo de aquel Jesús de Palestina.
Un nuevo Adviento requiere vivir actitudes de renovación profunda. Señalamos tres que son esenciales:
Ø  Conocer más a fondo a Dios nuestro Padre que nos ha dado a su propio Hijo, por puro amor, para salvarnos.
Ø  Conocer al Hijo que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre.
Ø  Y conocernos a nosotros mismo como obra maravillosa del amor de Dios al crearnos a su imagen y semejanza, regenerados y salvados en su Hijo.
Si así vivimos el Adviento, la Navidad tendrá toda su dimensión cristológica y en nuestro corazón, en el seno de las familias y en el corazón de la comunidad reinará el gozo y la alégrese de la Navidad: Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. «Maravilla de Consejero», «Príncipe de Paz»" (Is. 9,7).

domingo, 8 de diciembre de 2019

EN ADVIENTO, CRECE EL GERMEN DE UN MUNDO NUEVO







EN AVIENTO, CRECE EL GERMEN DE UN MUNDO NUEVO

     Adviento, tiempo de espera y esperanza porque la profecía de Isaías se cumple: "Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago" (Is 11,1). Ese vástago crece ya en el seno de María, el germen de un mundo nuevo: el Hijo del Dios que se encarna, tomando la naturaleza humana. Adviento, espera gozosa, porque un niño va a nacer: El Emmanuel, el Dios-con-nosotros, hecho niño, vulnerable, frágil y pobre; necesitado, como cada ser humano, del cuidado y de la ternura materna y paterna. Necesitado de ser consolado de su llanto y arrullado en el regazo maternal
     María nos enseña el camino para que Jesús nazca también en nuestro propio corazón y en nuestro mundo: humildad, confianza, abandono, entrega, fidelidad y acogida al plan de Dios. Adviento, tiempo de espera vigilante y orante; tiempo de ternura y delicadeza en las relaciones fraternas, desde un amor creativo e intuitivo que favorece el crecimiento espiritual y teologal en mí y en mi entorno, para acoger en mi seno y en el seno de mi familia, a Dios hecho hombre que se empeña en nacer en mi corazón y en el corazón de la comunidad, en el corazón de la historia. Espera confiada en la venida del Señor significa "reverdecer", permitir que florezca la esperanza en mi corazón, dejando paso al germen de la Vida que pronto va a nacer.
     En nuestro mundo actual, hay mucho sufrimientos e injusticias: paro, problemas económicos y éticos; rupturas familiares, niños explotados, de mil maneras, maltratados y abandonados, sin amor de una familia estable ni hogar cálido. Soledad de los ancianos y de los enfermos, abandono de los más pobres y desfavorecido de la sociedad. Violencia de género, guerras y terrorismo que provocan la avalancha migratoria con todo el riesgo y sufrimiento que ello conlleva.

     Ante tal realidad social, ¿cómo seguir esperanzados? ¿Cómo vivir el Adviento con júbilo en la espera de que un mundo diferente es posible? Cierto, lo que no se espera nunca acontece. La esperanza habita en toda persona, poco importa la raza y la religión; es la fortaleza esencial del ser humano para superar las dificultades de la vida. La esperanza nos lleva a exclamar: ¡mañana será mejor!, ¡esperemos, confiemos!

     Tal vez, el sentido real de nuestra espera es poner manos a la obra. Pues vivir el Adviento implica, para el cristiano, ser sembrador; sembrador de semillas de esperanza, de igualdad y de fraternidad en un mundo quebrado, disgregado y olvidado de los valores esenciales de la vida. El Adviento nos lleva a descubrir la alegría de la espera paciente, creativa y comprometida en la defensa de los derechos humanos de los más pobres y desamparados de la sociedad y de cuantos nos rodean. El Adviento nos exhorta a ser solidarios, hacernos presentes en la historia de la salvación de nuestro mundo actual, de las instituciones y de la sociedad.
     El Adviento nos motiva a la audacia, a la creación de algo nuevo, a la entrega generosa para la construcción del Reino y de la felicidad de nuestros hermanos, aquí y ahora. El Adviento es tiempo de espera, pero también es tiempo de acción y compromiso efectivo y afectivo, que nos lleve a crear un mundo más humano, más justo y fraterno; rompiendo tantas cadenas como nos atan, tanto anonimato y soledad que hunde a las personas en el abismo sin fondo, en la tristeza y la destrucción. Crear una sociedad donde la presencia de Reino sea una realidad viva y esperanzada, que abre horizontes de realización y felicidad; de justicia y de paz, de respeto y tolerancia a la diferencia, creando la fraternidad universal.

María, tú que eres la figura central del Adviento enséñanos a vivirlo desde la interioridad, la fe y la caridad; en espera activa de que un mundo mejor es posible; porque el Verbo se ha encarnado y habita entre nosotros, colmando todo nuestro anhelo de justicia, liberación y salvación: “Él es el Príncipe de la Paz” (Is 9,6).

Sor Carmen Herrero


domingo, 3 de marzo de 2019

CUARESMA: CAMINO HACIA LA PASCUA


CUARESMA: CAMINO HACIA LA PASCUA


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Un año más, con el rito de la Ceniza, entramos en Cuaresma, el Miércoles de Ceniza; este año el 6 de marzo. La Iglesia, acompañados por la liturgia, nos propone 40 días de escucha de la Palabra, de oración, de desierto y ayuno en el seguimiento de Jesús, que se retira al desierto para orar y ayunar. Jesús sabe que el acontecimiento central de su vida se avecina y quiere prepararse desde el interior, en unión con su Padre. Jesús se prepara al gran acontecimiento de su vida desde la vivencia filial de Hijo, totalmente abandonado en las manos de su Padre. En el evangelio, vemos que Jesús se retira a solas a orar en los momentos de tomar decisiones importantes en su vida pública. Él nos enseña la importancia de la oración solitaria en unión con su Padre, el amor y la confianza filial. La oración es buena consejera para discernir y tomar las decisiones a la luz del Espíritu. Además la oración fortifica el espíritu para llevar adelante la obra que se nos confía. La oración es luz y fortaleza para el cristiano.

La Cuaresma es un camino que nos conduce a la Pascua, el acontecimiento central de los cristianos. Todos estamos llamados a prepararnos para celebrarla en toda su plenitud. Pascua, paso, cambio de vida, conversión evangélica. Si así vivimos la Cuaresma también viviremos con gozo el Misterio Pascal.

La Cuaresma es, ante todo, una experiencia interior, mística. La Cuaresma va orientado a la transformación del corazón, a ese renacer de nuevo, a pasar de la muerte a la vida. Dice el papa Benedicto: “Con la imposición de la ceniza renovamos nuestro compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio pascual, para vencer el mal y hacer el bien, para hacer que muera nuestro "hombre viejo" vinculado al pecado y hacer que nazca el "hombre nuevo" (Ef 4,22s) transformado por la gracia de Dios”[1]. Este es el verdadero sentido de la Cuaresma: dejarnos engendrar de nuevo por la acción divina del Padre que nos ama y quiere que renazcamos a la vida por los meritos de su Hijo, muerto y resucitado por la salvación del mundo.
La Cuaresma lejos de ser un tiempo de tristeza, todo lo contrario, la Cuaresma es tiempo de gracia que se orientada hacia el futuro, es decir, hacia la Pascua, que es la alegría y gozo sin fin. Desde esta vivencia “podemos caminar, de pascua en pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8, 24)”[2]. (Papa Francisco).

Hemos de decir que la Cuaresma no es un tiempo de “folclore turístico”, la Cuaresma es algo más que las procesiones, cofradías, tambores etc.… Sí, todo puede ser un medio para transmitir el verdadero mensaje, si ello se vive desde la fe, desde la fraternidad, con un corazón contrito y renovado; pero la Cuaresma es algo más profundo, más místico y bíblico que todo lo exterior, que todo el arte que se pasea por las calles en las procesiones. El arte puede ser didáctico, evangelizador; pero si damos el salto de la representación al misterio.

Me atrevo a decir que estamos llamados a actualiza de manera creativa, en nuestras comunidades parroquiales, la manera de vivir la Cuaresma, dejando muchos ritos y prácticas “piadosa”, sin ningún sentido para las nuevas generaciones, centrándonos en lo esencial del misterio: en la Palabra encarnada que es Jesucristo. En él debemos poner nuestra mirada y nuestro corazón para seguirle y, con su ayuda, encarnar su propio compromiso y estilo de vida. Compromiso que lo llevó a la cruz, a morir como un malhechor, y todo ello por puro amor y entrega incondicional, para salvar al género humano.

Uno de los mensajes de Cuaresma es aprender amar como somos amados por Jesús. Si realmente vivimos este amor, una esperanza se abre cara un mundo nuevo, más humano, más justo y fraterno, donde podamos vivir la fraternidad universal de la que el papa Francisco habla frecuentemente.

El proyecto de Jesús es comenzar aquí y ahora el “reino de Dios”. Toda la vida de Jesús está orientada hacer presente y estable el reino de Dios. ¿No fue esto una de las razones de su condena? Vivir la Cuaresma nos lleva a encarnar el proyecto de Jesús en el mundo que nos toca vivir, a ser sus discípulos, a proclamar evangelio. Llevar el evangelio a la vida es el proyecto de Dios para el cristiano, para su Iglesia y para toda la persona de buena voluntad.

Que el Espíritu Santo nos acompañe durante estos cuarenta días, que nos llevan a la Pascua, y la podamos celebrar desde la alegría de sentirnos resucitados y salvado en Cristo.

Sor Carmen Herrero


[1] Benedicto XVI, papa de 2005 a 2013. Audiencia general del 17/02/2010 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana).
[2] El mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2019

domingo, 16 de diciembre de 2018

MARÍA, LA GRAN FIGURA DEL ADVIENTO


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MARÍA, LA GRAN FIGURA DEL ADVIENTO

Adviento, tiempo de espera y esperanza; porque en el seno de María crece el fermento de una vida nueva: el Hijo del Dios encarnado en su seno toma nuestra propia humanidad. “Dios se hace hombre para que el hombre se convierta en Dios” (San Irineo). “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, que se llamará Emanuel” (Isaías 7,14).

María vivió el Adviento más profundo y real: la espera esperanzada de una madre encinta que espera impaciente el momento del parto, el momento de dar a luz al esperado de los pueblos, al anunciado por los profetas, al Emanuel, al Dios hecho hombre.

En María culmina la espera de Israel, porque en ella se encarna el anunciado de parte de Dios por los profetas. María abrió su corazón y sus entrañas a la acción del Espíritu Santo en ella. María fue la llena de gracia para vivir intensamente la intimidad divina. “El Señor está contigo”, le dirá el ángel Gabriel (Lc 1,28). La presencia de Dios en ella es su propia identidad. Dios está en ella y con ella. María, siendo una creatura, está tan unida a su Creador que es una misma cosa con él. Ella antes que Pablo pudo exclamar: “No soy yo es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Cristo vive en María y María vive sumergida en Dios. Si los místicos hablan del matrimonio espiritual, la primera creatura que lo vivió en toda su plenitud fue María. María es la mística por excelencia, el arquetipo de la vida contemplativa. Ella no solamente fue Madre de Jesús en la carne, sino que es la esposa amada del Verbo.

María nos enseña a vivir el verdadero sentido del Adviento desde una dimensión de sencillez, asombro, gratitud, admiración, silencio y contemplación en el niño que lleva en su seno. Aquel que viene, que está a la puerta y llama queriendo nacer en tu corazón, en el mío, en el de todos. San Agustín afirma que María “concibió a Dios en su corazón antes que en su cuerpo.”

María es la acogedora fiel de la Palabra hecha carne. Su propia sangre fue la sangre de Cristo. Por las venas de Cristo corre la sangre de María, Jesús se encarna, por obra del Espíritu Santo, en el seno de una doncella virgen. María hizo posible la primera Navidad. María, la joven maman, fue la primera en acoger el llanto del recién nacido, junto con su esposo

José, de sentir el latido de su tierno corazón y de estrecharlo en su regazo maternal con entrañas de madre y virgen. Años más tarde, también María será quien acoja el último suspiro de su Hijo muriendo en una cruz como un mal hechor. Ella estará al pie de la cruz con la misma fe, firmeza, fortaleza y amor que cuando al ángel Gabriel le anunció: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David (Lc 1,30-32). Ante la evidencia de la muerte de su Hijo, ¿cómo seguir creyendo en las promesas del Ángel? ¡Profunda fe la de María! Pero la cruz, que se presentaba como el final de toda esperanza; para ella apareció como el árbol de la Vida. El cumplimiento del plan salvífico por parte de Dios. En la cruz es donde realmente este Niño nacido en Belén, llamado Emmanuel, Jesús, se manifiesta como el Mesías y el Salvador. En la bajeza de un malhechor, Jesús manifiesta su poder salvífico para toda la Humanidad.

María nos enseña el camino para que Jesús nazca en nuestro proprio seno: fe incondicional en las Promesa de Dios, confianza, entrega y fidelidad al plan de Dios. Pues, Dios para cada uno de sus hijos tiene un plan, un proyecto. María nos enseña a hacer la voluntad del Padre, a ser fiel al plan de Dios. “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Esta podía ser una oración de Adviento. Una oración repetida continuamente para que ella baje a nuestro corazón y anide en él.

En Navidad nace el Emmanuel el Dios con nosotros, un niño, pobre, pequeño y necesitado de cuidados, como todo niño. Numerosos son los hombres y mujeres con los que nos encontramos diariamente, necesitados de pan y de hogar, de cariño y amistad, viviendo sin techo ni esperanza, para quienes el Adviento no tiene ningún sentido; porque tampoco lo tiene la Navidad. Al ejemplo de María, y con su ayuda, sepamos acoger a tantos hermanos nuestro necesitado de los cuidados de un niño, y sepamos arroparlos con nuestra comprensión y amor maternal.

Seamos hombres y mujeres de fe y confianza que transmiten al mundo el júbilo del nacimiento de Jesús, el Mesías, el Salvador. Solamente él puede erradicar tantas y tantas carencias, injusticias y necesidades de todo tipo como hay en el mundo, tanto y tanto llanto y sufrimiento. Ante la realidad concreta de la sociedad que vivimos, sembremos semillas de esperanza y amor para que la Navidad sea una realidad en todos los corazones. Y con María digamos a Dios encarnado: “no tienen vino”, es decir, “no tienen esperanza”. “Viven en la pobreza absoluta”. Dios encarnado, sé tú mismo su esperanza y su gozo, a cógelos en tu regazo y arroparlos con la ternura de tu amor.

Vivir el Adviento a la luz de María conlleva ser personas interiorizadas, silenciosas, orantes y generosas, dándose del todo al Todo, para que él pueda encarnarse en nuestro interior y vivamos en su intimidad, en comunión con nuestros hermanos y hermanas en humanidad, para que seamos hombres y mujeres de paz y concordia. Si así vivimos el Adviento, la Navidad será una realidad en nuestro corazón, en las familias y en nuestra sociedad.
Que María la llena de gracia, la elegida del Padre, para que en ella se cumpla la Promesa, la encarnación del Verbo, nos ayude a vivir el Adviento con los ojos y el corazón puestos en Aquel que llega y nos trae la paz, la justicia y la unidad entre todas las razas y naciones. Nuestra Señora del Adviento, ruega por tus hijos e hijas que a tu protección se acogen.

Sor Carmen Herrero Martínez

miércoles, 10 de octubre de 2018



UN CAMINO MONÁSTICO EN LA CIUDAD

“Un camino monástico en la ciudad.” Este es el título que el traductor español puso al “Libro de Vida” de las Fraternidades Monásticas de Jerusalén[1]. Dicho libro, es el tratado espiritual de las fraternidades. “Un camino monástico en la ciudad,” va muy bien con su carisma: Monjes y monjas en el corazón de la ciudad.”

Las Fraternidades Monásticas de Jerusalén fueron fundadas el día de Todos los Santos en 1975 en la iglesia de Saint-Gervais, París, por el Padre Pierre-Marie Delfieux, con el apoyo del Cardenal Marty (entonces arzobispo de París). Su misión es vivir en el corazón de la ciudad y en el corazón de Dios. Llevar la oración a la ciudad y la ciudad a la oración.

El fundador, Padre Pierre-Marie Delfieux, pasó dos años en la Assekrem, en el Sahara, donde sintió la llamada a crear “en el desierto de las grandes ciudades” un oasis de calma, silencio, acogida, escucha y oración litúrgica y silenciosa. El Espíritu Santo lo condujo para fundar a una nueva forma de vida monástica en el corazón de la ciudad, conforme a las exigencias urbanas de nuestro tiempo. Esta forma de monacato le ha dado a la mujer la igualdad de condiciones que al hombre en lo tocante a la clausura, gobierno y formación, referente a la desigualdad que la historia ha marcado entre monacato masculino y monacato femenino.

Los monjes y monjas celebran juntos la liturgia, sin que por ello se trate de un monacato mixto. El carisma es común y juntos lo transmiten en la celebración litúrgica, oración silenciosa, formación y ciertos proyectos pastorales comunes; pero cada comunidad de hermanos y hermanas tiene su autonomía propia, tanto en la vivienda como en el gobierno, la economía y el discernimiento vocacional. Hermanos y hermanas quieren ser un testimonio de fraternidad desde el respeto común a su propia vocación de consagrados.

Estas fraternidades se entroncan con el cristianismo primitivo. En los Hechos de los Apóstoles leemos que acudían al templo a orar, vivían en comunidad y tenían los bienes en común (Hc 2, 42-46), y esto sin retirarse de la vida cotidiana, pues cada uno tenía su propio trabajo como todo ciudadano.

Su nacimiento el día de Todos los Santos no es algo ocurrido al azar. Es una fecha y fiesta elegida por el fundador dado el significado que ella tiene como llamada universal a la santidad. Esta idea la expresa claramente el Concilio: “Quedan, pues, invitados y aún obligado todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado de vida”  (LG 39-42).

¿Por qué el nombre de Jerusalén? Siendo monjas y monjes urbanos, llevan el nombre de Jerusalén porque Jerusalén es el símbolo de todas las ciudades; el lugar donde Cristo vivió, murió y resucitó; donde la Iglesia fue fundada y donde nacieron las primeras comunidades cristianas. Una ciudad igualmente santa para judíos, cristianos y musulmanes; esperanza y figura de la ciudad celeste hacia la cual todos caminamos.

Otra de las características de las fraternidades de Jerusalén es la llamada a la unidad de los cristianos y al diálogo interreligioso. “Uno de los elementos constitutivos de Jerusalén es también el ecumenismo. El nombre que llevas te recuerda que Cristo murió junto a la Ciudad santa para la salvación y la unidad de todos los hombres (Jn 11,52), y tú, hermano, hermana de Jerusalén, en su seguimiento, debes conservar la misma pasión por la unidad.”

El monje, la monja es alguien que, ante todo, busca unificarse. Vive el ecumenismo en el corazón de tu propia vida: la persona unificada es unificarte. Vive el ecumenismo en el seno de tu propia comunidad: por la aceptación gozosa y constructiva de personas tan diferentes (Rm 12,6-8). Vive el ecumenismo en el marco de toda la cristiandad, a fin que sea cada vez más hermanos todos los discípulos de Cristo que permanecen todavía separados. El ecumenismo más eficaz es el de la oración.

Guarda en tu corazón un verdadero anhelo de comunión con todos los hijos de Abrahán, judíos y musulmanes, que adoran, como tú, al único Dios y para quienes también Jerusalén es una Ciudad santa. No te canses de orar, a lo largo de toda tu vida, para que llegue el día en que no haya más que un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16). Esto que fue la gran pasión de Cristo, apasione también tu vocación monástica. Jesús se consagra por ti para que tú quedes consagrado en la verdad (Jn 17,19). Sólo la unidad de los hijos de Dios podrán expresarle al mundo el misterio del Dios verdadero” (Jn 17,23)[2]

En la familia de Jerusalén, existen también las fraternidades laicas, las cuales siguen la misma espiritualidad que los monjes y las monjas. Esto es una gran riqueza y, a su vez, una fuerte exigencia, para vivir cada uno desde su propia vocación la diversidad y complementariedad del estado y vocación propia de cada uno. La liturgia celebrada monjes, monjas y laicos de todas las edades, condición social y estados de vida, expresa con fuerza la pluralidad y la plenitud del pueblo de Dios, la unidad eclesial y visible querida por Dios al crear hombre-mujer; todos caminamos hacia el ideal de vida cristiana: la santidad.

“Jesús vivió la liturgia en la ciudad, vivió en medio del pueblo y asoció a los apóstoles, sus discípulos, a las santas mujeres y a las familias de las cuales nos hablan los Evangelios y los Hechos de los apóstoles. Las fraternidades de Jerusalén quieren, tras las huellas de Jesús y de María su Madre, ir a la fuente original que es la figura última, la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén" (Ap 21,1-4). (Palabras del fundador.)

Este monacato urbano quiere afirmar que la contemplación y la santificación se pueden vivir en medio de las exigencias cotidianas y realidades urbanas donde viven la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ahora bien, lo que no cambia son los valores monásticos, si bien, encarnados de otra manera; más conformes al momento histórico y cultural que nos toca vivir. Es el Espíritu quien, a lo largo de la historia, suscita los diferentes carismas para su Iglesia. La finalidad es siempre la misma: “Sed santo porque yo soy santo.” (Lv 11,14) Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48). Meta esencial de la vida monástica y de todos los cristianos. El papa Francisco nos lo recuerda con fuerza.

Esta forma de vida monástica quiere vivir en el corazón de la ciudad, llevando la ciudad a la oración y la oración a la ciudad. Todo cuanto ocurre en la ciudad tiene interés para el monje y la monja urbana de Jerusalén. Todo cuanto pertenece a sus hermanos en humanidad lo hacen propio, queriendo vivir en cercanía. “Padre, no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17,15). En esta frase de Jesús se encierra el sentido de la vida monástica urbana de Jerusalén.

Los monjes y monjas de Jerusalén, desde la realidad concreta de cada día y desde muy diversos puestos de trabajo, viviendo en el mismo contesto que la mayoría de los ciudadanos; quieren orientar su vida al más alto ideal de hombre: la contemplación de Dios y la alabanza; queriendo ayudar a otras personas a que también vivan la aventura maravillosa de la llamada a la santidad; a crear un mundo más justo, más humano y más divino.

“Hoy más que nunca podemos afirmar que ha surgido un mundo nuevo: al ayer esencialmente rural, le ha sucedido un mundo mayoritariamente urbano. De aquí que la vida monástica en la ciudad responde a una llamada particularmente actual y urgente del mundo, de la Iglesia y de Dios (Hch 2,46). Jerusalén es la ciudad a la que Jesús subió para adorar a Dios, para enseñar, morir y resucitar; porque tu vida es un caminar tras Aquél que allí, en Jerusalén, se quedó cada vez más solo delante del Solo, tú eres monje o monja de Jerusalén.[3]

Las fraternidades de Jerusalén están insertadas en la Iglesia diocesana, dentro de la línea marcada por el Vaticano II, que insiste en la realidad de cada Iglesia local, adaptándose a la diversidad de situaciones, sensibilidades y culturas de la misma. El obispo del lugar es quien discierne la oportunidad de una fundación en su diocesis y quien la establece. Las fraternidades son una célula de la Iglesia, desde su propio carisma monástico, estando abiertas a la llamada y solicitud de su propio pastor; siempre en armonía y comunión con el propio carisma.

“Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor” 
(Sl 121).
Sor Carmen Herrero Martínez
F.M.J


[1] Los traductores fueron don Juan José Omella y Edilio Mosteo. Don Juan José Omella, actual Arzobispo de Barcelona. Y don Edilio partió a la casa del Padre el lunes 2 de marzo de 2015.
[2] “Livre de vie des Fraternités  Monastiques de Jérusalem. Autor: “Pierre-Marie Delfieux. Publicado en español con el título: “Un Camino Monástico en la Ciudad.” Nº174 (Editorial Verbo Divino. (Actualmente agotado).
[3] Ib. nº 164.

domingo, 19 de agosto de 2018

“VEZ QUÉ DULZURA, QUÉ DELICIA, 

CONVIVIR LOS HERMANOS UNIDOS”



“VEZ QUÉ DULZURA, QUÉ DELICIA, CONVIVIR LOS HERMANOS UNIDOS” 

“El empeño ecuménico responde a la oración del Señor Jesús que pide 
«que todos sean uno» (Jn 17,21)

por Sor Carmen Herrero Martínez 

Por muy poca sensibilidad que se tenga frente a la división entre las diferentes confesiones cristianas, creo que a todos nos afecta y sufrimos de esta ruptura; deseando ardientemente la unidad de los cristianos. Esta unidad que es como en una misma familia donde todos sus miembros aspiran y cooperan para que la unidad sea una realidad; porque la unidad es el mejor patrimonio que se puede dejar a las nuevas generaciones. Desde este deseo y anhelo de unidad tenemos sino suplicar a Dios, que todo lo puede, para que nos conceda la unidad tan deseada por el mismo Cristo. Pero, ¿qué medios nos damos la gente sencilla, los de a pie, que lloramos en secreto este gran pecado que es la división, para conseguirla? Porque si bien es verdad que el camino realizado es inmenso; todavía queda mucho para poder participar todos juntos de la misma mesa eucarística, unidad plena y visible de la Iglesia de Cristo. Desde mi experiencia y trabajo ecuménico enumeraré tres medios, por haberlos vivido y experimentado su empuje y profundidad. Estos medios está al alcance de todos. 
  1. Unos de estos medios importantes es la lectura orante de la palabra de Dios, la lectio divina; porque cuanto más nos acerquemos a la Palabra más cerca estamos de Dios y más cerca estamos los unos de los otros; y los muros de la división se van derrumbando, cayendo por sí solos. Porque la Palabra es viva y eficaz y ella nos lleva a la conversión y a la purificación de todo aquello que es causa de división, tanto sea en los corazones como en las estructuras eclesiales. Cuanto más nos dejemos transformar por la Palabra, tanto más viviremos en comunión con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Ya que la Palabra nos ayuda a hacer la verdad en nuestra vida, y de la verdad nacerá la unidad, la comunión. Urge crear grupos ecuménicos de lectio divina. La lectio divina es patrimonio de todos los cristianos, pues ella se practicaba anteriormente a toda ruptura eclesial. 
  2. Otro medio muy importante asequible a todos, es la oración por la unidad. El testimonio del padre Paul Couturier, un gran profeta del ecumenismo del siglo XX que ha promovido: “el ecumenismo espiritual”, nos lo confirma. La oración hecha con fe mueve montañas. El Padre Congar dirá de Paul Couturier: “La gracia y la vocación del sacerdote Paul Couturier fue abrirle al ecumenismo el camino espiritual, darle su corazón de amor y de oración.” Es muy importante vivir este ecumenismo espiritual y fraterno; pues es el alma y el apoyo del ecumenismo teológico, exegético y eclesiológico que más bien es tarea y trabajo de los especialistas. Los cristianos de base estamos llamados a vivir el ecumenismo espiritual, el ecumenismo de la oración sin cesar por la unidad. Esto es un imperativo del evangelio. 
  3. Formar grupos de dialogo y estudio conjunto de las distintas confesiones. Esto nos lleva a mejor conocernos, a purificar mi propia fe y a enriquecerme con la fe del otro. A comprender mejor la manera de vivir y expresar la fe de cada confesión; y desde esta postura comprensiva y abierta a la acción del Espíritu Santo crear relaciones de mutuo entendimiento, tejiendo lazos de amistad y fraternidad. 

A los cristianos, nos urgen la toma de conciencia del escándalo que supone la división entre las diferentes confesiones. Un reino dividido, no tienen fuerza en sí. Esto es lo que nos está pasando a los cristianos: la división nos lleva a perder credibilidad en el mensaje que predicamos. Lo dice el papa Francisco en “Evangelii gaudium(cf nº 244, 246). “Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se vuelve urgente.” No nos lamentemos, pues, de que muestras iglesias estén vacías y de que los jóvenes no vengan a nuestras celebraciones. Más que lamentarnos tendríamos que interrogarnos: ¿cuál es la causa de que nuestras celebraciones no tengan capacidad de convocatoria? La división de los cristianos es una de las fuentes del ateísmo moderno… La credibilidad del anuncio cristiano sería mucho mayor si los cristianos superaran sus divisiones y la Iglesia realizara «la plenitud de catolicidad que le es propia, en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el Bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión».1 La división es un gran pecado, y el pecado siempre lleva a la esterilidad, a la muerte. La unidad, en cambio, siempre es fecunda, atrayente y portadora de vida. La unidad tiene la capacidad de convocar, de hermanar, de crear redes de comunicación y fraternidad. En ella misma radica el gozo, la serenidad y la paz. Como dice el salmista: “Vez qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos (Sl. 132, 1). 

Una comunidad unida atrae, porque transmite el valor de la fraternidad fuertemente deseado por todos, el cual no es fácil de encontrar en nuestra sociedad moderna tan individualista y competitiva. La división es un pecado generalizado -en la familia, en las relaciones laborales, los grupos parroquiales, deportes, política etc.., que roe y arruina toda relación, estructura y crecimiento, social, cultural y espiritual. La división es como la carcoma, que va haciendo su trabajo de destrucción, y cuando uno se da cuenta es difícil de encontrar y aplicar el remedio adecuado. 

La unidad es un valor “artesanal”, que requiere un cuidado exquisito, una buena dosis de humildad, tolerancia respeto y amor. Tan delicada es la unidad que fácilmente se quiebra, se rompe y se hace añicos. Y cuando una vasija de vidrio se hace añicos, ¿quién podrá reconstruirla de la misma manera, sin que queden cicatrices de las heridas causadas? Esta vasija original, algo ha perdido de ella misma, de su genuina belleza, y para reconstruirla de nuevo con el mismo esplendo, se necesitará un trabajo minucioso, de artesanía y sabiduría. Imagen que nos habla de la división-unidad en la Iglesia de Cristo. La Iglesia “Vasija” hecha añicos. 

Vemos los siglos que llevamos con rupturas y divisiones eclesiales, y si bien a la división se llega fácilmente; ¡qué trabajo está costando la reunificación de las piezas de la “Vasija”, de la Iglesia de Jesús! Por muchos encuentros, acuerdos, declaraciones comunes de unas confesiones y de otras, de acercamientos en el proceso ecuménico muy positivos y esperanzadores; todavía estamos lejos de la comunión plena y visible de la única Iglesia de Cristo. 

Es verdad que el camino realizado y los avances conseguidos en el dialogo y la colaboración hacia la unidad son maravillosos y prometedores, y por ello damos gracias a Dios. Porque en nuestros días los cristianos de distintas confesiones nos miramos, cada vez más, como hermanos y no como enemigos. Pero, pese a estos avances, todavía nos queda camino que recorrer para la unidad plena y visible. De aquí que no hemos de conformarnos con lo ya realizado, con los logros alcanzados; sino que siempre hemos de tender a lograr la unidad perdida, porque es el gran deseo de Cristo, el legado que él nos dejó: “Padre, te ruego para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste(Jn 17, 21)

En medio de las rupturas más significativas de la Iglesia, a lo largo de la historia, siempre han surgido personas que se han destacado, de manera profética, en el campo ecuménico, trazando un camino de comunión. Gracias a ellas, que han tenido el coraje de denunciar el escándalo que supone la ruptura de la Iglesia, y la desobediencia al evangelio de Cristo, la unidad ha avanzado y sigue avanzando hacia la comunión tan deseada. Nombrar a todas estas personas no nos es posible en este marco de reflexión, pero si quiero destacar algunas muy significativas empezando por el padre Yve Congar. 

Para el padre dominico Congar, el camino ecuménico es encontrar la unidad perdida de los cristianos, la cual pasa por la vuelta a la única Iglesia de Dios tal como ella fue fundada por Chisto. Congar en 1937 publicó el libro Chrétiens désunis (Cristianos desunidos), abriendo una fase nueva en la investigación teológica y eclesiológica acerca del ecumenismo; y en 1964 escribió: Chrétiens en dialogue (Cristianos en diálogo). El pensamiento del padre Congar abrió nuevos caminos hacia la unidad de los cristianos; hombre apasionado por la unidad de la Iglesia de Cristo que supo transmitir su “pasión” a las nuevas generaciones. Las cuales recuren a él como guía y maestro. 

Años más tarde tenemos al papa Juan XIII, promotor del Concilio Ecuménico Vaticano II. Sus últimas palabras pronunciadas en su lecho de muerte exteriorizaron profundamente su compromiso ecuménico: “Ofrezco mi vida por la Iglesia, por la continuación del Concilio Ecuménico, por la paz en el mundo y por la unión de los cristianos... Mis días en este mundo han llegado a su fin, pero Cristo vive y la Iglesia debe continuar con su tarea.” 

Desde el espíritu del Concilio surgió el primer Encuentro del papa Pablo VI con el patriarca Atenágoras; año 1964 en Jerusalén, que marcó profundamente las relaciones ecuménicas entre católicos y ortodoxos. Recordemos esa imagen del abrazo entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras, y guardemos en memoria la frase del Patriarca: “Es más lo que nos une que lo que nos separa.” Con este encuentro empezó un camino de dialogo fraterno que conduciría a levantar las mutuas excomuniones después de la separación en 1439. 

El papa Juan Pablo II, continuador y promotor de este mismos espíritu ecuménico: “Doy gracias a Dios porque nos ha llevado a avanzar por el camino difícil, pero tan rico de alegría, de la unidad y de la comunión entre los cristianos. El diálogo interconfesional a nivel teológico ha dado frutos positivos y palpables; esto anima a seguir adelante”.2 

El papa Benedicto XVI entre otras muchas cosas insiste: “lo que se debe promover ante todo es el ecumenismo del amor, que desciende directamente del mandamiento nuevo que dio Jesús a sus discípulos. Y también en la oración, en la caridad, en la conversión del corazón para una renovación personal y comunitaria. Os exhorto a continuar en este camino, que ya ha dado tantos frutos y que dará todavía más.”3

Y en nuestros días tenemos al papa Francisco que ha dado pasos muy significativos en este camino hacia la unidad, los cuales todos tenemos presentes. Reconocemos el empeño que tiene por llegar a la unidad reconciliada, a la comunión plena. Sus gestos de sencillez y fraternidad dicen más que muchos discursos. El Papa Francisco nos invita con fuerza y convicción a caminar hacia la unidad desde las relaciones de amistad y cercanía de unos con otros; y también desde la acción conjunta en lo social con los más necesitados. Conocidos son sus pasos hacia las diversas confesiones, su humildad y sus palabras de aliento para seguir caminando hacia la comunión. La reciente visita historia del papa Francisco al Consejo Mundial de las Iglesias (CMI) el 21 de junio es una pieza central de la conmemoración ecuménica del 70º aniversario del CMI. 

El Hno. Roger de Taizé, otro gran profeta de la unidad de los hermanos protestantes. Taizé, se ha convertido en el lugar de los jóvenes y para los jóvenes de Europa. ¿Por qué Taizé tiene este atractivo y capacidad de convocatoria para los jóvenes y para todos? Tal vez porque su fundador supo, desde el principio, dar a ese lugar un alma, y un alma de comunión desde el evangelio y la oración. Él mismo dice: “Cristo vino a la tierra, no para crear una nueva religión, sino para ofrecer a todos una comunión con Dios y con todos los seres humanos.” Este es el verdadero ecumenismo, la meta de toda unidad: vivir en comunión con Dios y con los hermanos. Taizé encarna el ecumenismo espiritual y el ecumenismo de la acción conjunta en bien de los pobres y marginalizados. 

¿Cómo no recordar a Chiaria Lubich, esta gran mujer, fundadora de los Focolares, el Movimiento laico que más trabaja por la unidad de las Iglesias y que vive una espiritualidad de comunión? 

En nuestros días el Espíritu Santo también suscita profetas de trabajan y se desvelan por unidad, y estos profetas son los que realmente hacen avanzar la mutua comunión entre las diversas confesiones cristianas. 

Quiero terminar con las palabras del papa Francisco en la oración ecuménica común en la Catedral Luterana de Lund, (Suecia): “Luteranos y católicos rezamos juntos en esta Catedral y somos conscientes de que sin Dios no podemos hacer nada; pedimos su auxilio para que seamos miembros vivos unidos a él, siempre necesitados de su gracia para poder llevar juntos su Palabra al mundo, tan necesitado de su ternura y de su misericordia.” 

Foto: Francesco Sforza/Vatican Photographic Service

Sor Carmen Herrero Martínez 
Fraternidad Monástica de Jerusalen