lunes, 2 de marzo de 2020


CUARESMA: TIEMPO DE RECONCILIACIÓN


El miércoles, 26, con el rito de la imposición de ceniza, comenzamos una nueva Cuaresma. Tiempo de gracia y de reconciliación. Tiempo de misericordia por parte del Padre bueno que constantemente invita a sus hijos al Banquete pascual. Pues, Cuaresma es un caminar con alegría y jubilo hacia la Pascua: la resurrección de Cristo y nuestra propia resurrección. “La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo siempre es actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren”[1].

El mensaje de Cuaresma del papa Francisco de este año, 2020, lleva como título: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5,20). El cristiano está llamado a volver a Dios constantemente «de todo corazón» (Jl 2,12

Pero, ¿cómo conducirse por este camino de reconciliación con Dios, con nosotros mismo y con los demás? Y, ¿qué medios tomar para este camino de 40 días y poder vivir, en profundidad, esta reconciliación evangélica?
Hemos de comenzar por conducirnos con dignidad, la dignidad que nos viene de ser lo que somos: hijos e hijas de Dios, amados del Padre desde toda la eternidad y salvados en su Hijo Jesucristo. Desde esta certeza y convicción caminaremos con gozo, y los obstáculos y dificultades que se antepongan a nuestra reconciliación serán más fáciles de superar; porque no caminos solos, sino de la mano de aquel que es nuestro Reconciliador: Jesús. En él pongo toda mi esperanza, porque él es mi fortaleza, mi cayado firme que me lleva a caminar con paso ligero y seguro por el camino de la conversión, de la evangelización de mi propio corazón; siempre mirando hacia adelante, sin volver la mirada atrás, apoyando mis pasos sobre sus pasos para seguirle. “Tu sígueme” (Jn 21,22).

¿Qué valores quiero vivir, durante este tiempo cuaresmal que me ayuden en este proceso de reconciliación? Indico algún de ellos, entre otros muchos que podríamos practicar como ayuda a la reconciliación. Teniendo presente que la reconciliación es tarea de toda la vida. Para el cristiano, la renovación tiene que ser contante, pues no se limita a un periodo tan solo de cuarenta días.

Sobriedad. La primera condición es que mi mochila tiene que estar muy ligera de peso para que no sea un obstáculo para mi camino cuaresmal. Entonces, mi primera disposición, es la sobriedad. ¿De qué sobriedad hablamos? De una sobriedad que te unifica; porque la reconciliación es hacer la unidad en sí mismos. Unir todas las rupturas que se dan en mi interior. Sobriedad en tus deseos, pensamientos, sueños y fantasías. La sobriedad te lleva a volver a lo esencial, a tu propia realidad concreta, y esta realidad pasa por la conversión, por la reconciliación contigo mismo, con Dios y con los hermanos; incluso con tu historia y tu pasado. Déjate convertir y evangelizar las zonas más profundas de tu corazón; es decir, deja que la gracia de Cuaresma entre en ti y te reconstruya desde el interior, desde lo más profundo de tu ser. Seguro que, si logras hacer esta experiencia, tu caminar será más ligero y rápido, tu alegría mayor, y tu esperanza infinita.

La sobriedad te lleva a la verdad. Vivir en verdad, hacer la verdad en tu vida. “La verdad os harás libres”       (Jn 8,32). Y, ¿qué es la verdad? La verdad es Cristo, y conocerle te lleva a hacer la verdad en tu vida, pues no podemos conocer a Cristo y vivir en la mentira, en el pecado, en el desorden; en la esclavitud de tantos ídolos como nos acechan y nos rompen. La sobriedad te llevará a la sensatez, al buen discernimiento, a no seguir dioses extraños.
A la sobriedad le a acompañan el desierto, la oración, el ayuno, el compartir.

Desierto. Vivir el desierto como una necesidad para estar asolas con Aquel que sabemos nos ama y quiere entablar una relación de amor conmigo: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2,4). Retirarse al desierto como necesidad de escucha amorosa y de estar a solas con Dios, pero no tanto como un lugar geográfico, sino como el lugar interior, el lugar de la interioridad más profunda de mi propio yo. Descubrir la mística del desierto, no quedarse solamente en la austeridad que él conlleva, sino vivir la mística que el desierto encierra: encuentro amoroso con el misterio trinitario. El desierto, ante todo, tiene que llevarte a un mayor conocimiento de Jesucristo, a rechazar con energía todo cuanto se anteponga al amor de Jesús y a tu propia libertad. El desierto tiene la virtud de unificar la persona, porque es el lugar en el que realmente te encuentras contigo mismo, cara a cara con tu Creador. Es en ese cara a cara que se va haciendo la verdad en tu vida, y la verdad unifica. Dios no quiere corazones partidos, es decir divididos. Todos, aunque sea inconsciente, deseamos la unidad del ser, porque es uno de los valores esenciales para ser felices.

Oración: La oración es el fruto del desierto, “acostumbrarse a soledad es gran cosa para la oración” dirá Teresa de Jesús. El desierto nos conduce a la soledad, a la escucha, y la escucha al amor; y el fruto del amor es la oración que transforma y une con Cristo y con los hermanos en humanidad. La oración que le agrada al Señor, es la oración de un corazón sosegado, acallado, unificado; abierto a acoger su Presencia y a vivir en su intimidad. No todos podemos retirarnos al desierto como lugar geográfico; pero sí que podemos retirarnos, y debemos retirarnos, al desierto de nuestro propio interior. Pues el desierto no es la ausencia de las personas, sino la presencia de Dios. Y orar es vivir en su Presencia. El papa Francisco en su mensaje de Cuaresma insiste en la oración: “La oración es muy importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad”[2]. La voluntad del Padre es que volvamos de todo corazón a la casa del Padre. “Les daré un corazón para que me conozcan, porque yo soy el Señor; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí de todo corazón” (Jeremías, 24,7). El conocer bíblico, quiere decir amar. Dios nos ha dado un corazón para que el amemos. ¡Qué maravilla!

Ayuno. El ayuno es esencial en el seguimiento de Jesús, y también para vivir una relación, justa y armoniosa entre mi yo y los alimentos. Por esos no debo dejarme poseer por ellos ni tampoco quererlos poseer. La justa relación con las cosas y con los alimentos, consiste en reconocer con gratitud su valor, su necesidad y, como dice san Ignacio de Loyola: “las cosas se usan tanto en cuanto me ayudan al fin perseguido”. El saber privarse, sentir la necesidad y hasta el hambre material, nos lleva a la libertad y a valorar las cosas que Dios ha creado para nuestro sustento; y también a pensar en tantos hermanos nuestros como carecen de lo más esencial, en parte, por el mal uso que hacemos de los recursos y frutos de la naturaleza; del acaparamiento y la posesión desmesurada de unos pocos. Ahí tendría que ir orientado nuestro ayuno: a ser solidarios con tantas personas como no tienen lo necesario para alimentarse correctamente. En nuestros días el ayuno significa compartir. La privación en sentido de compartir tiene un valor mucho más evangélico que la privación únicamente por ascesis. Pon en un sobre tus ahorros y comparte… Tu corazón se llenará de alegría, y la alegría es superior a la ascesis, además alegrarás el corazón de tu hermano necesitado y el corazón del Padre, porque ve en ti el amor a tus hermanos, sus hijos. “Que os améis los unos a los otros como yo os he amados” (Jn 13,34).

Y siendo muy importante esta orientación del ayuno material, él debe de conducirnos todavía mucho más lejos, a ese otro ayuno del yo que es el que realmente nos quita la libertad, nos esclaviza y nos impide ver al hermano como un don, como una riqueza desde la diferencia. Esto es lo que no supo vivir el rico de la parábola de Lazado (Lc 16, 19-31). Su pecado no está en que era rico, sino en que ignoró a su hermano pobre y necesitado. El rico, teniendo mucho, ignoraba a los demás, no supo vivir la fraternidad ni el compartir. Vivía al margen de Dios y al margen de los demás; muy centrado en su yo y, como consecuencia, no reconoció a su hermano hambriento y desnudo. El ayuno de mi yo me lleva a reconocer el tú de mi hermano, para juntos caminamos más gozosos hacia la Pascua.

Compartir. El compartir nos lleva a la generosidad, al despojo, a la pobreza evangélica; y, sobre todo, a tener en cuenta al hermano más necesitado. Quien sabe compartir nunca se empobrece, antes bien, se enriquece infinitamente. La Sagrada Escritura nos lo certifica; pero también la vida misma. “El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará. Cada uno dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,6-7). El dar conlleva en sí mismo, una gran alegría; y más todavía cuando este dar implica desprendimiento y entrega en bien de los más necesitados. Dice el papa Francisco: “Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía”[3]. En nuestros días todo está al servicio de la economía, cuando tiene que ser al contrario: la economía puesta al servicio de los hombres, al crecimiento y bien de la humanidad.

La Cuaresma tiene que ayudarnos, a nosotros, los cristianos, a identificarnos cada vez más con Cristo, y a partir de esta identificación podremos vivir con él la muerte y resurrección que nos conduce a la Pascua, el Misterio central de nuestra fe.
Sor Carmen Herrero




[1]. Discurso de Cuaresma del papa Francisco 2020
[2]. Mensaje del papa Francisco de Cuaresma 2020
[3] Discurso de Cuaresma del papa Francisco 2020

martes, 31 de diciembre de 2019

ES NAVIDAD


                                                             ES NAVIDAD CUANDO



“No tengáis miedo, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:
hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”
(Lc 2,10-11).
      
Es Navidad cuando descubrimos que todo en la vida es gracia, don gratuito del amor del Padre que nos ama hasta el extremo de enviarnos a su propio Hijo, tomando nuestra propia naturaleza. Dios se encarna en la naturaleza humana, para que los humanos podamos acceder a la naturaleza divina.

Es Navidad cuando abandonamos nuestros individualismos, nuestras comodidades y caprichos; cuando tomamos conciencia de la realidad de muchos de nuestros hermanos que viven en la miseria, en la soledad y el abandono, sin dignidad alguna, y hacemos por ellos cuanto está a nuestro alcance. Tal vez un pequeño gesto que humaniza, una mirada que fortalece, una palabra que alienta, ayudándoles a recobrar toda su dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y salvados por Jesús encarnado.

Es Navidad cuando nos maravillamos y asombramos al descubrir dónde Dios está presente, dónde se encarna, en qué pesebre nace, sufre y vive marginado. Es Navidad cuando, ante estas situaciones de miseria que nos toca vivir diariamente, no nos quedamos con los brazos cruzados; sino que obramos desde el amor, la comprensión y la generosidad. La Navidad nos lleva a la acción activa en favor de los más necesitados, a todos los niveles. Poco importa el estatus de vida social, ya que la pobreza se reviste de muy diversas maneras. La Navidad no es, únicamente, unos días que el calendario litúrgico y civil nos propone; no, la Navidad se prolonga a lo largo y ancho de todos los días del año. Estamos llamados a descubrir la espiritualidad de la Navidad, el verdadero sentido teológico de la encarnación del Hijo de Dios. Dios se encarna para salvar al género humano en toda su dimensión. Y, a la vez, desea que cada uno nosotros nos impliquemos en esta maravillosa aventura que es la Navidad: don de sí y entrega incondicional al estilo del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

Es Navidad cuando vivimos en comunión los unos con los otros, cuando superamos las diferencias de raza, lengua, religiones y opciones políticas. Cuando el respeto, la tolerancia y la comprensión mutua, la vivimos como una ley natural que nos une a todos los seres humanos por encima cualquier diferencia. Porque la Ley común al género humano es la de amar y ser amado. ¿No es esta la verdadera Navidad? “Dios es amor”, dirá san Juan, y porque es amor se ha encarnado para enseñarnos a amarnos como él mismo nos ama. La Navidad es la construcción de la fraternidad universal, teniendo como guía a nuestro Rey y Señor, el Príncipe de la paz.

Es Navidad cuando recordamos, con amor y gratitud, a las “estrellas” que nos han guiado en el camino para llegar a donde hoy nos encontramos, y ser lo que, efectivamente, somos. Especialmente tenemos presentes a nuestros padres y familiares, educadores, amigos/as que nos han acompañado a lo largo de nuestro camino y de nuestra historia, ayudándonos a crecer en fe y en sabiduría. Ellos y ellas están presentes, celebrando con nosotros la Navidad. Tanto los que ya nos han precedido, como los que están lejos, todos formamos ese coro de ángeles que celebran y cantan: “Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres que ama el Señor”  (Lc 2,14).

      Es Navidad cuando no desesperamos ni nos dejamos llevar por la decepción ni el desánimo ambiental; sabiendo descubrir y “formar” nuevas estrellas, que iluminen nuestro camino, que nos impulsen a vivir con ilusión, con alegría y esperanza renovada en medio del caos político y social que nos toca vivir; conducidos por la estrella de lo alto y también por la estrella de tantos hombres y mujeres que luchan sin desmayo para crear una sociedad donde se viva la fraternidad, la justicia y la paz; donde el cese de la fabricación de armas sea una realidad y así finalicen las guerras, toda clase de violencia y la explotación de los más débiles. Entonces, la Navidad será una realidad.

Es Navidad cuando cuidamos a los enfermos, acariciamos y consolamos a los niños; cuando escuchamos a las personas mayores prestándoles toda la atención y respeto que se merecen. Navidad exige ponerse en camino hacia Belén, hacia el misterio de Amor, de Belleza y de Bondad que anida en lo más profundo del ser humano. Este es el camino real que la Navidad nos invita a recorrer. No vayas lejos de ti para encontrar a Jesús en un pesebre. Entra dentro de ti y lo hallarás. “Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti” (Santa Teresa) y san Agustín: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba”. Tú mismo eres ese establo, ese pesebre en el que a Jesús, realmente, le gusta nacer y entablar una relación de amistad contigo. ¿Estás dispuesto/a a acogerle? ¿Crees que realmente le importas a Jesús y que él quiere ser tu amigo, tu Salvador? Si realmente crees estas verdades de nuestra fe, ¡es Navidad para ti! Y tú podrás ser Navidad para el mundo.

“Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor;
y es su nombre: Admirable, Dios, Príncipe de la Paz”
(Lc 1,13).
                                                                                                                               Sor Carmen Herrero

lunes, 9 de diciembre de 2019







ADVIENTO   NOS  INVITA   A   VIVIR   ACTITUDES   DE   RENOVACIÓN   PROFUNDA

Adviento 2019

Hace unos días, celebramos el primer domingo de Adviento como pórtico de un nuevo año litúrgico. El año litúrgico comienza con el primer domingo de Adviento. Es importante que, al comenzar este tiempo, nos situemos en la realidad litúrgica que durante cuatro semanas vamos a celebrar, como preparación a la Navidad. Y acojamos la gracia de este tiempo maravilloso de espera esperanzada en Jesús que viene a visitar a su Pueblo y acampa entre nosotros. “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y Dios será su Dios" 
(Apocalipsis 21, 3).

El Adviento es la iniciativa de Dios que quiere encontrarse con la humanidad, con cada uno de sus hijos e hijas y decirles todo su amor. Por parte del cristiano, vivir el adviento es abrir el corazón de par en par para acoger la gracia y el regalo que Dios nos hace enviándonos a su propio Hijo, encarnado en el seno de una doncella: María. En su Hijo, Dios nos dice el inefable amor que nos tiene. Vivir el Adviento en profundidad conlleva la acogida de este gran amor y purificación de cualquier otro amor que impida a Jesús nacer plenamente en la cuna de mi corazón. Celebrar el adviento significa que María y José tienen sitio en mi “posada”, donde el Emmanuel puede nacer y sentirse acogido y amado.
El adviento está marcado por: velad, orad, conversión.
La conversión del corazón tarea cotidiana y permanente; para ello necesitamos la oración y la vigilancia; y la gracia del Espíritu que siempre nos acompaña.
Cristo, que vino ayer al mundo, hoy, viene misteriosamente, invisible, pero realmente a morar en cada uno de nosotros. Ayer vino de forma visible a Palestina. Y hoy viene de forma mística y misteriosa para grabar su vida en nuestra propia vida, en nuestra intimidad, en nuestra conciencia. Esta es la realidad maravillosa de este tiempo de Adviento: Cristo que ayer vino al mundo y nació en Belén, hoy, en el momento histórico que vivimos, viene a la comunidad y a cada uno de nosotros para transformarnos en él, haciéndonos revivir su vida y los misterios de su vida, que ahora son sucesos de los cristianos, no solo de aquel Jesús de Palestina.
Un nuevo Adviento requiere vivir actitudes de renovación profunda. Señalamos tres que son esenciales:
Ø  Conocer más a fondo a Dios nuestro Padre que nos ha dado a su propio Hijo, por puro amor, para salvarnos.
Ø  Conocer al Hijo que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre.
Ø  Y conocernos a nosotros mismo como obra maravillosa del amor de Dios al crearnos a su imagen y semejanza, regenerados y salvados en su Hijo.
Si así vivimos el Adviento, la Navidad tendrá toda su dimensión cristológica y en nuestro corazón, en el seno de las familias y en el corazón de la comunidad reinará el gozo y la alégrese de la Navidad: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. «Maravilla de Consejero», «Príncipe de Paz»" (Is. 9,7).

domingo, 8 de diciembre de 2019

EN ADVIENTO, CRECE EL GERMEN DE UN MUNDO NUEVO







EN AVIENTO, CRECE EL GERMEN DE UN MUNDO NUEVO

     Adviento, tiempo de espera y esperanza porque la profecía de Isaías se cumple: "Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago" (Is 11,1). Ese vástago crece ya en el seno de María, el germen de un mundo nuevo: el Hijo del Dios que se encarna, tomando la naturaleza humana. Adviento, espera gozosa, porque un niño va a nacer: El Emmanuel, el Dios-con-nosotros, hecho niño, vulnerable, frágil y pobre; necesitado, como cada ser humano, del cuidado y de la ternura materna y paterna. Necesitado de ser consolado de su llanto y arrullado en el regazo maternal
     María nos enseña el camino para que Jesús nazca también en nuestro propio corazón y en nuestro mundo: humildad, confianza, abandono, entrega, fidelidad y acogida al plan de Dios. Adviento, tiempo de espera vigilante y orante; tiempo de ternura y delicadeza en las relaciones fraternas, desde un amor creativo e intuitivo que favorece el crecimiento espiritual y teologal en mí y en mi entorno, para acoger en mi seno y en el seno de mi familia, a Dios hecho hombre que se empeña en nacer en mi corazón y en el corazón de la comunidad, en el corazón de la historia. Espera confiada en la venida del Señor significa "reverdecer", permitir que florezca la esperanza en mi corazón, dejando paso al germen de la Vida que pronto va a nacer.
     En nuestro mundo actual, hay mucho sufrimientos e injusticias: paro, problemas económicos y éticos; rupturas familiares, niños explotados, de mil maneras, maltratados y abandonados, sin amor de una familia estable ni hogar cálido. Soledad de los ancianos y de los enfermos, abandono de los más pobres y desfavorecido de la sociedad. Violencia de género, guerras y terrorismo que provocan la avalancha migratoria con todo el riesgo y sufrimiento que ello conlleva.

     Ante tal realidad social, ¿cómo seguir esperanzados? ¿Cómo vivir el Adviento con júbilo en la espera de que un mundo diferente es posible? Cierto, lo que no se espera nunca acontece. La esperanza habita en toda persona, poco importa la raza y la religión; es la fortaleza esencial del ser humano para superar las dificultades de la vida. La esperanza nos lleva a exclamar: ¡mañana será mejor!, ¡esperemos, confiemos!

     Tal vez, el sentido real de nuestra espera es poner manos a la obra. Pues vivir el Adviento implica, para el cristiano, ser sembrador; sembrador de semillas de esperanza, de igualdad y de fraternidad en un mundo quebrado, disgregado y olvidado de los valores esenciales de la vida. El Adviento nos lleva a descubrir la alegría de la espera paciente, creativa y comprometida en la defensa de los derechos humanos de los más pobres y desamparados de la sociedad y de cuantos nos rodean. El Adviento nos exhorta a ser solidarios, hacernos presentes en la historia de la salvación de nuestro mundo actual, de las instituciones y de la sociedad.
     El Adviento nos motiva a la audacia, a la creación de algo nuevo, a la entrega generosa para la construcción del Reino y de la felicidad de nuestros hermanos, aquí y ahora. El Adviento es tiempo de espera, pero también es tiempo de acción y compromiso efectivo y afectivo, que nos lleve a crear un mundo más humano, más justo y fraterno; rompiendo tantas cadenas como nos atan, tanto anonimato y soledad que hunde a las personas en el abismo sin fondo, en la tristeza y la destrucción. Crear una sociedad donde la presencia de Reino sea una realidad viva y esperanzada, que abre horizontes de realización y felicidad; de justicia y de paz, de respeto y tolerancia a la diferencia, creando la fraternidad universal.

María, tú que eres la figura central del Adviento enséñanos a vivirlo desde la interioridad, la fe y la caridad; en espera activa de que un mundo mejor es posible; porque el Verbo se ha encarnado y habita entre nosotros, colmando todo nuestro anhelo de justicia, liberación y salvación: “Él es el Príncipe de la Paz” (Is 9,6).

Sor Carmen Herrero


domingo, 3 de marzo de 2019

CUARESMA: CAMINO HACIA LA PASCUA


CUARESMA: CAMINO HACIA LA PASCUA


La imagen puede contener: exterior, agua y naturaleza


Un año más, con el rito de la Ceniza, entramos en Cuaresma, el Miércoles de Ceniza; este año el 6 de marzo. La Iglesia, acompañados por la liturgia, nos propone 40 días de escucha de la Palabra, de oración, de desierto y ayuno en el seguimiento de Jesús, que se retira al desierto para orar y ayunar. Jesús sabe que el acontecimiento central de su vida se avecina y quiere prepararse desde el interior, en unión con su Padre. Jesús se prepara al gran acontecimiento de su vida desde la vivencia filial de Hijo, totalmente abandonado en las manos de su Padre. En el evangelio, vemos que Jesús se retira a solas a orar en los momentos de tomar decisiones importantes en su vida pública. Él nos enseña la importancia de la oración solitaria en unión con su Padre, el amor y la confianza filial. La oración es buena consejera para discernir y tomar las decisiones a la luz del Espíritu. Además la oración fortifica el espíritu para llevar adelante la obra que se nos confía. La oración es luz y fortaleza para el cristiano.

La Cuaresma es un camino que nos conduce a la Pascua, el acontecimiento central de los cristianos. Todos estamos llamados a prepararnos para celebrarla en toda su plenitud. Pascua, paso, cambio de vida, conversión evangélica. Si así vivimos la Cuaresma también viviremos con gozo el Misterio Pascal.

La Cuaresma es, ante todo, una experiencia interior, mística. La Cuaresma va orientado a la transformación del corazón, a ese renacer de nuevo, a pasar de la muerte a la vida. Dice el papa Benedicto: “Con la imposición de la ceniza renovamos nuestro compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio pascual, para vencer el mal y hacer el bien, para hacer que muera nuestro "hombre viejo" vinculado al pecado y hacer que nazca el "hombre nuevo" (Ef 4,22s) transformado por la gracia de Dios”[1]. Este es el verdadero sentido de la Cuaresma: dejarnos engendrar de nuevo por la acción divina del Padre que nos ama y quiere que renazcamos a la vida por los meritos de su Hijo, muerto y resucitado por la salvación del mundo.
La Cuaresma lejos de ser un tiempo de tristeza, todo lo contrario, la Cuaresma es tiempo de gracia que se orientada hacia el futuro, es decir, hacia la Pascua, que es la alegría y gozo sin fin. Desde esta vivencia “podemos caminar, de pascua en pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8, 24)”[2]. (Papa Francisco).

Hemos de decir que la Cuaresma no es un tiempo de “folclore turístico”, la Cuaresma es algo más que las procesiones, cofradías, tambores etc.… Sí, todo puede ser un medio para transmitir el verdadero mensaje, si ello se vive desde la fe, desde la fraternidad, con un corazón contrito y renovado; pero la Cuaresma es algo más profundo, más místico y bíblico que todo lo exterior, que todo el arte que se pasea por las calles en las procesiones. El arte puede ser didáctico, evangelizador; pero si damos el salto de la representación al misterio.

Me atrevo a decir que estamos llamados a actualiza de manera creativa, en nuestras comunidades parroquiales, la manera de vivir la Cuaresma, dejando muchos ritos y prácticas “piadosa”, sin ningún sentido para las nuevas generaciones, centrándonos en lo esencial del misterio: en la Palabra encarnada que es Jesucristo. En él debemos poner nuestra mirada y nuestro corazón para seguirle y, con su ayuda, encarnar su propio compromiso y estilo de vida. Compromiso que lo llevó a la cruz, a morir como un malhechor, y todo ello por puro amor y entrega incondicional, para salvar al género humano.

Uno de los mensajes de Cuaresma es aprender amar como somos amados por Jesús. Si realmente vivimos este amor, una esperanza se abre cara un mundo nuevo, más humano, más justo y fraterno, donde podamos vivir la fraternidad universal de la que el papa Francisco habla frecuentemente.

El proyecto de Jesús es comenzar aquí y ahora el “reino de Dios”. Toda la vida de Jesús está orientada hacer presente y estable el reino de Dios. ¿No fue esto una de las razones de su condena? Vivir la Cuaresma nos lleva a encarnar el proyecto de Jesús en el mundo que nos toca vivir, a ser sus discípulos, a proclamar evangelio. Llevar el evangelio a la vida es el proyecto de Dios para el cristiano, para su Iglesia y para toda la persona de buena voluntad.

Que el Espíritu Santo nos acompañe durante estos cuarenta días, que nos llevan a la Pascua, y la podamos celebrar desde la alegría de sentirnos resucitados y salvado en Cristo.

Sor Carmen Herrero


[1] Benedicto XVI, papa de 2005 a 2013. Audiencia general del 17/02/2010 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana).
[2] El mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2019

domingo, 16 de diciembre de 2018

MARÍA, LA GRAN FIGURA DEL ADVIENTO


photo_home_viens-habiter-parmi-nous.jpg


MARÍA, LA GRAN FIGURA DEL ADVIENTO

Adviento, tiempo de espera y esperanza; porque en el seno de María crece el fermento de una vida nueva: el Hijo del Dios encarnado en su seno toma nuestra propia humanidad. “Dios se hace hombre para que el hombre se convierta en Dios” (San Irineo). “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, que se llamará Emanuel” (Isaías 7,14).

María vivió el Adviento más profundo y real: la espera esperanzada de una madre encinta que espera impaciente el momento del parto, el momento de dar a luz al esperado de los pueblos, al anunciado por los profetas, al Emanuel, al Dios hecho hombre.

En María culmina la espera de Israel, porque en ella se encarna el anunciado de parte de Dios por los profetas. María abrió su corazón y sus entrañas a la acción del Espíritu Santo en ella. María fue la llena de gracia para vivir intensamente la intimidad divina. “El Señor está contigo”, le dirá el ángel Gabriel (Lc 1,28). La presencia de Dios en ella es su propia identidad. Dios está en ella y con ella. María, siendo una creatura, está tan unida a su Creador que es una misma cosa con él. Ella antes que Pablo pudo exclamar: “No soy yo es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Cristo vive en María y María vive sumergida en Dios. Si los místicos hablan del matrimonio espiritual, la primera creatura que lo vivió en toda su plenitud fue María. María es la mística por excelencia, el arquetipo de la vida contemplativa. Ella no solamente fue Madre de Jesús en la carne, sino que es la esposa amada del Verbo.

María nos enseña a vivir el verdadero sentido del Adviento desde una dimensión de sencillez, asombro, gratitud, admiración, silencio y contemplación en el niño que lleva en su seno. Aquel que viene, que está a la puerta y llama queriendo nacer en tu corazón, en el mío, en el de todos. San Agustín afirma que María “concibió a Dios en su corazón antes que en su cuerpo.”

María es la acogedora fiel de la Palabra hecha carne. Su propia sangre fue la sangre de Cristo. Por las venas de Cristo corre la sangre de María, Jesús se encarna, por obra del Espíritu Santo, en el seno de una doncella virgen. María hizo posible la primera Navidad. María, la joven maman, fue la primera en acoger el llanto del recién nacido, junto con su esposo

José, de sentir el latido de su tierno corazón y de estrecharlo en su regazo maternal con entrañas de madre y virgen. Años más tarde, también María será quien acoja el último suspiro de su Hijo muriendo en una cruz como un mal hechor. Ella estará al pie de la cruz con la misma fe, firmeza, fortaleza y amor que cuando al ángel Gabriel le anunció: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David (Lc 1,30-32). Ante la evidencia de la muerte de su Hijo, ¿cómo seguir creyendo en las promesas del Ángel? ¡Profunda fe la de María! Pero la cruz, que se presentaba como el final de toda esperanza; para ella apareció como el árbol de la Vida. El cumplimiento del plan salvífico por parte de Dios. En la cruz es donde realmente este Niño nacido en Belén, llamado Emmanuel, Jesús, se manifiesta como el Mesías y el Salvador. En la bajeza de un malhechor, Jesús manifiesta su poder salvífico para toda la Humanidad.

María nos enseña el camino para que Jesús nazca en nuestro proprio seno: fe incondicional en las Promesa de Dios, confianza, entrega y fidelidad al plan de Dios. Pues, Dios para cada uno de sus hijos tiene un plan, un proyecto. María nos enseña a hacer la voluntad del Padre, a ser fiel al plan de Dios. “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Esta podía ser una oración de Adviento. Una oración repetida continuamente para que ella baje a nuestro corazón y anide en él.

En Navidad nace el Emmanuel el Dios con nosotros, un niño, pobre, pequeño y necesitado de cuidados, como todo niño. Numerosos son los hombres y mujeres con los que nos encontramos diariamente, necesitados de pan y de hogar, de cariño y amistad, viviendo sin techo ni esperanza, para quienes el Adviento no tiene ningún sentido; porque tampoco lo tiene la Navidad. Al ejemplo de María, y con su ayuda, sepamos acoger a tantos hermanos nuestro necesitado de los cuidados de un niño, y sepamos arroparlos con nuestra comprensión y amor maternal.

Seamos hombres y mujeres de fe y confianza que transmiten al mundo el júbilo del nacimiento de Jesús, el Mesías, el Salvador. Solamente él puede erradicar tantas y tantas carencias, injusticias y necesidades de todo tipo como hay en el mundo, tanto y tanto llanto y sufrimiento. Ante la realidad concreta de la sociedad que vivimos, sembremos semillas de esperanza y amor para que la Navidad sea una realidad en todos los corazones. Y con María digamos a Dios encarnado: “no tienen vino”, es decir, “no tienen esperanza”. “Viven en la pobreza absoluta”. Dios encarnado, sé tú mismo su esperanza y su gozo, a cógelos en tu regazo y arroparlos con la ternura de tu amor.

Vivir el Adviento a la luz de María conlleva ser personas interiorizadas, silenciosas, orantes y generosas, dándose del todo al Todo, para que él pueda encarnarse en nuestro interior y vivamos en su intimidad, en comunión con nuestros hermanos y hermanas en humanidad, para que seamos hombres y mujeres de paz y concordia. Si así vivimos el Adviento, la Navidad será una realidad en nuestro corazón, en las familias y en nuestra sociedad.
Que María la llena de gracia, la elegida del Padre, para que en ella se cumpla la Promesa, la encarnación del Verbo, nos ayude a vivir el Adviento con los ojos y el corazón puestos en Aquel que llega y nos trae la paz, la justicia y la unidad entre todas las razas y naciones. Nuestra Señora del Adviento, ruega por tus hijos e hijas que a tu protección se acogen.

Sor Carmen Herrero Martínez