jueves, 18 de enero de 2018





CITA ANUAL DE ORACIÓN POR LA UNIDAD
DE LOS CRISTIANOS
 

  Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Cada año, la cita del 18 al 25 de enero, marca una semana de encuentros ecuménicos: celebraciones litúrgicas, conferencias, coloquios, mesas redondas y encuentros de oración y amistad. Todo ello es un regalo, la gracia desbordante del Espíritu Santo que, año tras año, nos “espolea” a avanzar por el camino de la unidad, por un compromiso evangélico de comunión. Tarea no siempre fácil, pero si esperanzadora y apasionante. Lo importante es avanzar, pese a los muchos obstáculos que nos dificultan para vivir la unidad plena y visible que culmine en la celebración de la eucaristía.

El tema de este año es: “Fue tu diestra quien lo hizo, Señor, resplandeciente de poder”   (Ex 15,16). Los materiales para esta semana de oración de 2018, los han preparado las Iglesias y comunidades de la región del Caribe. Desde su propia experiencia, de tantos años de esclavitud, saben que la diestra del Señor es quien rompe las cadenas y da la verdadera libertad; a la vez que la diestra del Señor puede unir todos los eslabones de las diferentes cadenas para tejer la unidad de su Iglesia tan hecha añicos.
 

La división de los cristianos es un gran pecado, y el pecado siempre lleva a la esterilidad, a la muerte. La unidad, en cambio, siempre es fecunda, atrayente y portadora de vida. La unidad tiene la capacidad de convocar, de hermanar, de crear redes de comunicación y de fraternidad. En la unidad misma radica el gozo, la serenidad y la paz. Como dice el salmista: “Vez qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos” (Sl. 132, 1).

A los cristianos, nos urgen tomar de conciencia del escándalo que supone la división entre las diferentes confesiones. Un reino dividido, no tienen fuerza en sí mismo. Esto es lo que nos está pasando a los cristianos: la división nos lleva a perder credibilidad en el mensaje que predicamos, en el anuncio del Evangelio. Lo dice el papa Francisco en “Evangelii gaudium” (cf nº 244, 246). No nos lamentemos, pues, de que muestras iglesias estén vacías y de que los jóvenes no vengan. Más que lamentarnos tendríamos que interrogarnos: ¿cuál es la causa de que nuestras celebraciones y nuestras comunidades no tengan capacidad de convocatoria?
Una comunidad unida atrae, porque transmite este valor fuertemente tan deseado por todos. La división es un pecado generalizado que roe y ruina toda relación, toda estructura y crecimiento social y espiritual. La división es como la carcoma, que va haciendo su trabajo de destrucción, y cuando uno se da cuenta es demasiado tarde y el remedio difícil de aplicar.
La unidad es un valor “artesanal”, que requiere un cuidado exquisito, una buena dosis de humildad, amor y comprensión. Tan delicada es la unidad que fácilmente se quiebra, se rompe y se hace añicos. Y cuando una vasija de vidrio se hace añicos, ¿quién podrá reconstruirla de la misma manera, sin que queden cicatrices de las heridas causadas? Esta vasija original, algo ha perdido de ella misma y de su belleza, y necesitará su tiempo para ser reconstruía de nuevo con el mismo esplendor que tenía. Imagen que nos habla de la división de los cristianos. La división entre los cristianos es como una tela de araña que cubre, que empaña la belleza de la Iglesia; la división no le puede quitar su belleza ontológica; pero sí que se la empaña….
Vemos los siglos que llevamos con rupturas y divisiones eclesiales, si bien a la división se llega fácilmente; ¡qué trabajo está costando la reunificación de la “vasija”, de la Iglesia de Jesús! Muchos son los encuentros, acuerdos, declaraciones comunes, de unas y otras confesiones, de acercamientos en el proceso ecuménico, impensables anterior al Concilio, de semanas de oración; pero todavía no hemos llegado a la comunión plena y visible de una única Iglesia que celebra unida la Cena del Señor, la Eucaristía.
Hemos de reconocer que el camino realizado y los puentes tendidos hacia la unidad son enormes y maravillosos; y por ello damos gracias a Dios. Pero no hemos de conformarnos con lo ya realizado, con los logros alcanzados; sino que siempre hemos de tender a conseguir la unidad perdida, porque es el gran deseo de Cristo, el legado que él nos dejo: “Padre, te ruego para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). La unidad es signo de credibilidad, al contrario que la división es motivo de escándalo.
En medio de las rupturas más significativas de la Iglesia, a lo largo de la historia, siempre han surgido personas que se han destacado, de manera profética, en el campo ecuménico, trazando un camino de unidad y comunión. Gracias a ellas, que han tenido el coraje de denunciar el escándalo que supone la ruptura de las Iglesias, y la desobediencia al evangelio de Cristo, la unidad ha avanzado y sigue avanzando hacia la comunión tan deseada. Nombrar a todas estas personas no es posible, pero si quiero destacar algunas muy significativas tanto de unas confesiones como de las otras: Empezando por el papa Juan XIII, promotor del Concilio Vaticano II, el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras; el primer encuentro con Pablo VI en el año 1964 en Jerusalén, que marcó profundamente las relaciones ecuménicas entre católicos y ortodoxos. Recordemos esa imagen del abrazo entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras, y guardemos en memoria la frase del Patriarca: “Es más lo que nos une que lo que nos separa.” Con este encuentro empezó un camino de dialogo fraterno que conduciría a levantar las mutuas excomuniones después de la separación en 1439.
El Hno. Roger de Taizé, otro gran profeta de la unidad. Taizé, se ha convertido en el lugar de los jóvenes y para los jóvenes de Europa. ¿Por qué Taizé tiene ese atractivo y capacidad de convocatoria para los jóvenes y para todos? Tal vez porque su fundador supo, desde el principio, dar a ese lugar un alma, y un alma de unidad, de comunión, desde el evangelio. Él mismo dice: “Cristo vino a la tierra, no para crear una nueva religión, sino para ofrecer a todos una comunión con Dios y con todos los seres humanos”[1]. Este es el verdadero ecumenismo, la meta de toda unidad: vivir en comunión con Cristo y con los hermanos y con el cosmos.
¿Cómo no recordar a Chiaria Lubich, esta gran mujer, fundadora de los Focolares, el Movimiento laico que más trabaja por la unidad de las Iglesias y el diálogo interreligioso, viviendo una espiritualidad de comunión y creando puentes de acercamiento y comunión?
Y en nuestro propio país, ¿quién no recuerda al Padre Julián García Hernando, fundador de las Misioneras de la Unidad, hombre dotado para el diálogo ecuménico pionero en este campo después del concilio? Y unido a él la labor tan eminente del centro ecuménico de las misioneras de la unidad en Madrid.
Y terminamos con el Papa Francisco quien nos invita con fuerza y convicción a caminar hacia la unidad. Conocidos son sus pasos hacia las diversas confesiones, su humildad y palabras de aliento para seguir caminando hacia la comunión creando puentes de unidad y comunión. “Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África, la búsqueda de la unidad se vuelve urgente” (E.G. nº 246).
Por poca sensibilidad que se tenga, en lo que supone la división entre los cristianos, todos deseamos y queremos la unidad; como en una misma familia que cada miembro aspira y coopera para que la unidad sea una realidad. Desde este principio no se puede sino desear y suplicar a Aquel que todo lo puede que conceda a los cristianos la unidad tan deseada, para que el mundo crea. Pero, ¿qué medios nos damos, la gente sencilla, los de la base, que lloramos en secreto este gran pecado que es la división, para conseguirla? Un ecumenismo del pueblo sencillo es posible.
Unos de los medios al alcance de todos, a mi parecer, es la lectura orante de la palabra de Dios, la lectio divina; porque cuanto más nos acerquemos a la palabra más cerca estaremos de Dios y más cerca estaremos los unos de los otros; y los muros de la división se irán derrumbando, cayendo por sí solos. Porque la Palabra es viva y eficaz y ella nos lleva a la conversión y a la purificación de todo aquello que no es Dios. Cuanto más nos dejemos transformar por la Verdad de la Palabra tanto más viviremos en comunión con Dios, y los unos con los otros. Ya que la Palabra nos ayuda a hacer la verdad en nuestra vida y de la verdad nacerá la unidad.
Otro medio muy importante, es la oración por la unidad. El padre Paul Couturier, un gran profeta del ecumenismo de siglo XX promueve: “el ecumenismo espiritual.” La oración hecha con fe mueve montañas. El Padre Congar dirá de Paul Couturier: “La gracia y la vocación del sacerdote Paul Couturier fue abrirle al ecumenismo el camino espiritual, darle su corazón de amor y de oración.” Este camino todos podemos seguirlo, y todos estamos llamados a vivirlo. Para ello no hace falta sino tener fe, y confiar en el poder la oración.

Y para termina cito al Papa Francisco que en el encuentro con el Arzobispo de Canterbury y primado de la


Iglesia Anglicana, Justin Welby, dijo que para avanzar en el camino común de los cristianos y profundizar en el
ecumenismo tres ejes son esenciales: oración, testimonio y misión.

 

TAREA, NO DE UNA SEMANA, SINO DE TODA UNA VIDA…
 
Sor Carmen Herrero



[1] Hermano Roger de Taizé, « Dieu ne peut qu’aimer » Ataliers et Presses de Taizé. 2002.

viernes, 15 de diciembre de 2017

MARÍA, LA GRAN FIGURA DE ADVIENTO


 

 
MARIA, LA GRAN FIGURA DE ADVIENTO

María vivió el Adviento más profundo y real: la espera esperanzada de una madre encita que espera impaciente el momento del parto, el momento de dar a luz al esperado de los pueblos, al anunciado por los profetas.
 En María culmina la espera de Israel, porque en ella se encarna el anunciado de parte de Dios. María abrió su corazón y sus entrañas a la acción del Espíritu Santo en ella. María fue la llena de gracia para vivir intensamente la intimidad divina. “El Señor está contigo”, le dirá el ángel (Lc 1,28). Esta presencia de Dios en ella es la identidad de María. Dios está en ella y con ella. María, siendo una creatura, está tan unida a su Creador que es una misma cosa con él. Ella antes que Pablo pudo exclamar: “No soy yo es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Cristo vive en María y María vive sumergida en Dios. Si los místicos hablan del matrimonio espiritual, la primera creatura que lo vivió en toda su plenitud fue María. María es la mística por excelencia. María nos enseña a vivir el verdadero sentido del Adviento desde una dimensión de asombro, de gratitud, admiración y contemplación que acoge a Aquel que viene, que está a la puerta y llama y quiere nacer en tu corazón, en el mío, en el de todos. San Agustín afirma que María “concibió a Dios en su corazón antes que en su cuerpo.”
 María es la acogedora fiel de la Palabra hecha carne. Su propia sangre fue la sangre de Cristo. Por las venas de Cristo corre la sangre de María, Jesús se encarna, por obra del Espíritu Santo, en el seno de una doncella virgen. María hizo posible la primera Navidad. María, la joven maman, fue la primera en acoger los llantos del recién nacido, de sentir el latido de su tierno corazón y de estrecharlo en su regazo maternal con entrañas de madre, pura y virgen. Más tarde, también será María la última en acoger el último suspiro de su Hijo muriendo en una cruz como un mal hechor. Ella estará al pie de la cruz con la misma fe, firmeza, fortaleza y amor que cuando al ángel le anunció: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David. (Lc 1,30-32). Ante la evidencia de la muerte de su Hijo, ¿cómo seguir creyendo en las promesas del Ángel? ¡Profunda fe la de María! Pero la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ella como el árbol de la Vida. El cumplimiento del plan salvífico que Dios. En la cruz es donde realmente este niño nacido en Belén, llamado Jesús, se manifiesta como el Mesías y el Salvador de la Humanidad.
María nos enseña el camino para que Jesús nazca en nuestro proprio seno: fe incondicional en las promesas de Dios, confianza, entrega y fidelidad al plan de Dios. Porque Dios tiene un plan para cada uno de sus hijos.
Adviento, como ya hemos dicho, es tiempo de espera y esperanza. Porque en el seno de María crece el fermento de una vida nueva: el Hijo del Dios que se encarna y toma nuestra propia humanidad. “Dios se hace hombre para que el hombre se convierta en Dios” (San Irineo)
En Navidad nace el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, hecho niño, pobre, pequeño y necesitado. Numerosos son los hombres y mujeres con los que nos encontramos, necesitado de pan y de hogar, viviendo sin esperanza; para quienes el Adviento no tiene ningún sentido; porque tampoco la Navidad lo tiene para ellos. Al ejemplo de María, y con su ayuda, seamos hombres y mujeres de fe y confianza, para transmitir al mundo el júbilo del nacimiento de Jesús, el Mesías, el Salvador. Solamente él puede erradicar tantas y tantas miserias como hay en el mundo; tanto y tanto dolor. Ante la realidad concreta de la sociedad que vivimos, sembremos semillas de esperanza y amor para que la Navidad sea una realidad en todos los corazones.
Sor Carmen Herrero

domingo, 3 de diciembre de 2017

ANUNCIO DE ADVIENTO 2017


 
Sor Carmen Herrero
 
Adviento, ¡ya ha llegando! la espera y esperanza se visten de fiesta, de júbilo y alégrese para recibir Aquel que viene, el anunciado por los Profetas, el esperado de los pueblos, el Príncipe de la paz.

Un niño nace, un niño se nos ha dado, y él nos trae una vida nueva. Él es la justicia y el derecho; el árbitro de las naciones, consejero, príncipe de la paz.

Las gentes, alegres y jubilosas salen a su encuentro, otean el horizonte lleno de promesas, de esperanza y consolación.

Grandes y chicos se visten de fiesta, ataviados como una joven doncella, con sus mejores galas; se pasean por las calles con la belleza más digna y noble de quienes salen al encuentro de Aquel que, desde antaño esperan.

El traje más lindo y bello que visten es la espera paciente, enjoyados con la perla de la ESPERANZA. Esta joya que desde tiempos remotos los hijos de Israel la custodian y la aman, como a la hija predilecta salida de sus entrañas.

Los trajes de gala, de estas gentes, están formados por sus grandes deseos de ver a Aquel que los profetas anuncian después de siglos; y que ya está cerca, ya está llegando; al horizonte se percibe la estrella iluminando el camino que lleva al pobre portal de Belén donde el Rey de reyes, nacerá: El Emanuel, el Dios hecho hombre. ¡Misterio insondable, misterio de amor y entrega! “Dios hecho materia, para que la materia sea divinizada”[1]

Quienes queremos prepararnos, a la venida, de tan esperado y querido HUESPEZ, nos unimos a este gran cortejo de hombres, mujeres, ancianos, niños y jóvenes que representan la humanidad; dejándonos revestir de la belleza y profundidad interior que este cortejo nos transmite. Alégrate y danza de júbilo, sea cual sea tu situación y tu estado de ánimo, el Emanuel llega y viene a salvarte, a traerte la paz, el gozo y el amor.

Con este mensaje de esperanza nos disponemos a celebrar el Adviento. Tiempo de esperanzada, de gozo y alégrese en ese niño que nace y que su nombre es: Emanuel, Dios-con-nosotros.

El Adviento es un camino orante donde se va tejiendo la amistad; el Adviento es un encuentro con el Dios que sale en busca de la persona y la persona que va al encuentro con su Creador. Podemos decir que el Adviento es “ENCUENTRO” de DIOS con su creatura y de la creatura con su Dios. Haciéndose Dios hombre, eleva a la creatura a la categoría de Dios. ¡Maravilla de maravilla! ¿Quién la podrá comprender?

La poesía de San Juan de la Cruz sobre la Encarnación, puede iluminarnos este inefable misterio de Amor trinitario. Este gran místico que comprendió y vivió el misterio esponsal entre Dios y el alma.

ROMANCE SOBRE LA ENCARNACIÓN. [2]

Ya que el tiempo era llegado en que hacerse convenía
el rescate de la esposa,
que en duro yugo servía
debajo de aquella ley
que Moisés dado le había,
el Padre con amor tierno
de esta manera decía:

Ya ves, Hijo, que a tu esposa
a tu imagen hecho había,
y en lo que a ti se parece
contigo bien convenía;
pero difiere en la carne
que en tu simple ser no había.
En los amores perfectos
esta ley se requería:
que se haga semejante
el amante a quien quería;
que la mayor semejanza
más deleite contenía;
El cual, sin duda, en tu esposa
grandemente crecería
si te viere semejante
en la carne que tenía.
Mi voluntad es la tuya
justicia y sabiduría,
y la gloria que yo tengo
es tu voluntad ser mía.
Iré a buscar a mi esposa,
y sobre mí tomaría
sus fatigas y trabajos,
en que tanto padecía;
y porque ella vida tenga,
yo por ella moriría,
y sacándola del lago
a ti te la volvería.
Entonces llamó a un arcángel
que san Gabriel se decía,
y enviólo a una doncella
que se llamaba María,
de cuyo consentimiento
el misterio se hacía;
en la cual la Trinidad
de carne al Verbo vestía;
y, aunque tres hacen la obra,
en el uno se hacía;
y quedó el Verbo encarnado
en el vientre de María.
Y el que tenía solo Padre,
ya también Madre tenía,
aunque no como cualquiera
que de varón concebía,
que de las entrañas de ella
él su carne recibía;
por lo cual Hijo de Dios
y del hombre se decía.
Y quedó el Verbo encarnado

en el vientre de María.


ANTE TAL MISTERIO, LA ADORACIÓN Y CONTEMPLACIÓN ES LA MAS PROFUNDA Y PALABRA.
 
 
 



[1]. San Máximo el Confesor.
[2] Poesía de San Juan de la Cruz “Romance nº 3, del nacimiento 16, 9  Obras completas de san Juan de la Cruz) Biblioteca autores cristianos.

jueves, 2 de noviembre de 2017

 
PERFIL DE UNA COMUNIDAD   CRISTIANA A PARTIR DE


LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES 2, 36-47 
 
El taller de lectio “Palabra y Vida” quiere compartir, esta sencilla reflexión -fruto de la lectio- con el deseo de formar comunidades a imagen de la que nos propone este texto de los apóstoles.
 

Perfil de una comunidad cristiana, a partir de Hechos 2, 42-47; 3, 1-10.

La primera comunidad cristiana. Esta comunidad está formada por un grupo de personas convertidas, que han abrazado la fe predicada por los Apóstoles. La conversión les ha llevado al bautismo, el cual reciben en el nombre de Jesucristo. Y, Dios, a su vez, les otorga como don, el Espíritu Santo. Es una comunidad que está en camino de salvación, lejos de creerse que ya han llegado, y que ya está salvada. Es a partir de la experiencia, del don del Espíritu, que la comunidad se va construyendo con unas características propias:

1)      Una comunidad que se sabe heredera de una promesa, que no solamente le corresponde a ella sola, sino también a sus hijos y a todos los extranjeros que reciban la llamada del Señor.

2)      Una comunidad, abierta, a la universalidad de razas pueblos y naciones; llamada a la acogida y la evangelización, al anuncio de Jesucristo al mundo entero.

3)      Podemos decir que la constancia es una de las características de esta comunidad (constante, constancia). Sin la cual no podemos avanzar en el camino de la salvación.

4)      El compartir/repartir tiene una gran fuerza: “compartían en familia, con sencillez y alegría sincera” (v. 46).

5)      La oración, expresada de distintas maneras, tiene un lugar importante en la comunidad: partían el pan, es decir, en lenguaje actual: celebraban la eucaristía, a diario acudían al templo, con constancia e íntima armonía, estaban unidos. Juntos alababan a Dios. En esta comunidad vemos la importancia que le dan a la oración comunitaria y a la unidad. Esto indica la expresión de una comunidad viva.

6)      Vivian en mutuo acuerdo, todo lo compartían, lo que tenían lo ponían en común. Esta experiencia es la que vivimos en la vida monástica: todo se pone en común, no solamente el tener, sino el ser, el saber y el hacer, es decir los dones que Dios te ha dado para el servicio del bien común.

7)      La armonía y unidad elementos esenciales: vivían en un mutuo acuerdo. Testimonio evangélico de unidad.

8)      La escucha de las enseñanzas de los Apóstoles. Es una comunidad que se forma y se deja enseñar por los Apóstoles.

9)      Es una comunidad que tiene cierto atractivo, “arrastre”, capacidad de convocatoria. Pues dice el texto: “Toda la gente los miraba con simpatía” (v. 47).

10)   Y como respuesta a su manera de vivir y actuar, reciben la bendición de Dios con el “aumento” y “crecimiento” de la comunidad.

11)   Es una comunidad que se pone “a salvo de este mundo corrupto” (v. 40), para vivir de otra manera. “Padre no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17, 15).

 
La manera de vivir y el resultado de esta comunidad, nos lleva a reflexionar y profundizar en nuestras comunidades eclesiales, parroquiales y también religiosas. Y, por supuesto, en nuestro propio compromiso bautismal. ¿Por qué nuestras comunidades no crecen sino que disminuyen?

 

      Ante esta visión comunitaria de las primeras comunidades:

      ¿Cuál es nuestro reto?



 

     
¿Qué hago yo para formar comunidad de fe y de celebración?

Más que nunca necesitamos de la comunidad para vivir la fe, en nuestros días es difícil de vivir la fe en solitario. Urge crear comunidades vivas donde se pueda celebrar, orar, compartir y festejar. El sentido festivo es importante en las comunidades. La unidad y la alegría dos valores que por ellos mismos evangeliza, atraen. Estamos llamados a formar pequeñas comunidades de vida donde podamos vivir la fe con gozo y entusiasmo y, tal vez, de esta manera seamos fermento en la masa.
Sor Carmen Herrero Martínez

viernes, 6 de octubre de 2017

LA AMISTAD COMO DON Y REGALO


LA AMISTAD COMO DON Y REGALO 


 

En un mundo tan comercializado, donde solamente cuenta el dinero, el poder, el tener y placer ¿Será posible vivir la amistad como don y regalo?
Los seres humanos necesitamos la amistad, y todavía más en un mundo tan individualista, fraccionado y depresivo como el que estamos construyendo.
Veamos algunas ideas sobre la gratuidad de la amistad y sus beneficios, e intentemos hacerlas propias, creando una cultura de gratuidad, de relación y de amistad.
La verdadera amistad es aquella en la que los amigos se ayudan a vivir su propia identidad en el propio estado de vida, desde el respeto, el cariño y la aceptación del otro, desde lo que él/ella es, piensa y vive.
La verdadera amistad es aquella que ayuda a crecer, a madurar, a caminar en libertad y seguridad. La verdadera amistad es y da todo eso y más.
La amistad es la puerta del corazón abierta de par en par, donde se puede entrar, sentir la acogida sincera del amigo, descansar al calor del “hogar” y reconfortado volver a emprender el camino, con una ilusión renovada.
La amistad es un abrazo sincero, entrañable, leal y cariñoso, que te vivifica y te llena de paz y dinamismo.
La amistad es una mano cálida, siempre abierta y tendida para acariciarte y consolarte
una mirada clara y penetrante que comprende, anima y transforma,
una sonrisa que acoge, alienta, comunica vida y entusiasmo.
una empatía que se une tanto a tu sufrimiento como a tu éxito y alegría
un encuentro gozoso en el que puedo ser yo mismo
una palabra que anima, reconforta y alienta desde el amor y la confianza.
La amistad también es corrección, realizada desde el amor y por amor.
La amistad ayuda a cuestionarte y a superarte; llevándote hacer la verdad en tu vida.
La amistad también es un aplauso, un elogio que te estimula, te da seguridad y te alienta en tu ser más profundo.
La amistad es un dar, un darse sin exigir nada a cambio. Y, a su vez, un saber recibir.
El dar y el recibir, dos verbos que construyen toda relación de amistad.
La amistad es una entrega sin buscar recompensa, un darse por el bien del amigo
La amistad es un amor fiel, discreto, puro y sencillo, como una cristalina fuente que mana y sacia la sed del caminante sin retenerlo, sin guardarlo para sí.
La verdadera amistad es don reciproco, sin ningún interés egoísta.
El amor más puro y leal, es el amor de la amistad.
Amistad, gratuidad y libertad, siempre van de la mano.
La amistad es admiración, profunda y discreta del amigo
La amistad es una fiesta.
La verdadera amistad no tiene precio, ¡es gratuidad! ¡Corre tras ella! Y ¡Cuídala!

domingo, 3 de septiembre de 2017

LUCHA POR UN MUNDO NUEVO


OH, DIOS, TODOS SOMOS TUS HIJOS AMADOS

 

Oh, Dios, Creador del Universo y de la Humanidad.

Todos venimos a ti como a nuestro único Creador.

Los hindúes te llaman Ohm, que significa el todo Poderoso,

los judíos te llaman Yahveh,

los cristianos te llaman Padre,

los musulmanes te llaman Alá.

Tú eres el Padre bueno y misericordiosos de todos tus hijos, aunque te invoquemos con nombres diferentes.

Todos somos hijos tuyos y formamos la misma familia universal, que es tu Creación, la hechura de tus tiernas y delicadas manos.

Padre, tú eres el Arpa, y nosotros somos las diferentes cuerdas de esa arpa que no siempre reproduce notas armoniosas y afinadas; pero seguimos siendo tus cuerdas, tu pertenencia, en ti estamos injertados, asidos.

Concédenos la gracia de vibrar al unísono, de no ser notas discordantes, que rompan la belleza y la armonía de tu Amor creador, de tu Amor bondadoso y misericordioso.

Y que la paz, la justicia, la unidad y fraternidad reinen en nuestros corazones y entre todos tus hijos, creados a tu imagen y semejanza, y así un mundo más humano y divino sea posible.

Somos diferentes, pero tu paternidad divina nos reúne y nos hermana. Tu encarnación es para todos, a todos has venido a salvar.

Debemos de sentirnos hermanos, que necesidad los unos de los otros, para construir un mundo mejor, más humano, más justo; desechando de nosotros los prejuicios, recelos y miedos que crean barreras, nos paralizan y nos alejan los unos de los otros. Ayúdanos a tomar conciencia de nuestra filiación divina, de nuestra paternidad común la cual debe llevarnos a sentirnos hermanos, a vivir la fraternidad universal.

Urge construir una sociedad donde reine la libertad y el respeto a las diferentes maneras de vivir la fe en ese Ser supremo, tal y como cada religión lo concibe.

Siendo todos, hijos tuyos, y miembros de la misma familia Universal, ayúdanos a sentirnos hermanos los unos de los otros, mensajeros de tu Paz, de Unidad y Fraternidad. Sembradores de reconciliación y de esperanza, con la certeza de que un mundo más justo y más bondadoso es posible, si cada uno se empeña en la construcción de una nueva sociedad donde el amor y la verdad se hagan realidad. “Vivir en verdad”, es urgente. La mentira arruina la conciencia del ser humano y de toda sociedad.

Cada persona es una piedra viva en la construcción de la sociedad, cada una es única e indispensable en esta tarea común de construir un mundo distinto del que nos toca vivir; de un mundo más humano donde los valores fundamentales sean visibles, vividos y respetados.

¡Qué bueno sería que la economía estuviese al servicio de todos, para el desarrollo de los países más pobres y personas más necesitadas. Y que los políticos viviesen su cargos como un servicio, como una entrega al pueblo que les ha elegido para la misión que desempeñan, o debieran desempeñar.

A los gobernantes de las naciones dales, Señor, la inteligencia y la sabiduría que les lleven a respetar, proteger y consentir a las diferentes creencias de los ciudadanos que son la riqueza de un pueblo, el patrimonio más precioso y “sagrado”, el cual merece un cuidado y respeto especial.

Querer borrar las creencias o reducirlas al ámbito privado, es una destrucción, y esta destrucción regenera represión, odio, venganza, guerras y muerte. Los políticos, ¿aprenderán un día a reconocer y respetar lo que realmente constituye la razón del ser humano? Desde los tiempos remotos las personas se han mostrado religiosas y creyentes. ¿Por qué oponerse con tanta saña a esta realidad grabada profundamente el ser de toda creatura?

Tengamos la esperanza de que un mundo mejor es posible, donde cada ciudadano pueda vivir en armonía consigo mismo, con sus creencias y con sus hermanos en humanidad; reproduciendo una misma y bella pieza musical en colaboración por el bien de todos, donde suene con brío y armonía los acordes de la tolerancia, la justicia, la paz, la amistad, la igualdad y la fraternidad. Deshechando la violencia, del tipo que sea, las gueras que tanto dolor humano generan.

Pero tengamos en cuenta que “quien te creo sin ti, no te salvará sin ti” (san Agustín).

Tu colaboración y la mía es necesaria, urgente, indispensable. Entonces, ¡pongamos a la obra sin tardar! El mundo grita para que surjan hombres y mujeres constructores de paz, tolerancia, concordia y fraternidad.

Y termino con el canto de “Santa María del Camino” de Juan Antonio Espinosa.

 
“Aunque te digan algunos que nada puede cambiar,

lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad.

Aunque parezcan tus pasos inútil caminar,

tú vas haciendo caminos otros los seguirán.”

*  *  *
Carmen Herrero Martínez